El pasado 31 de marzo, Jack Dorsey, el mítico fundador de Twitter y ahora del conglomerado fintech Block, publicó en el blog de esta última empresa un sugerente post titulado “From Hierarchy to Intelligence” en el que reflexiona sobre el impacto de la Inteligencia Artificial en la empresa. Pero no desde el punto de vista de la eficiencia que puede aportar, sino desde el impacto que tiene en la propia configuración de la empresa. En la forma de organizar a las personas y los equipos. Lo que tradicionalmente hemos denominado la jerarquía u organigrama.
Ante todo, celebro que haya voces relevantes y referentes que se atrevan a levantar la mirada en lo referente a las consecuencias de segundo orden, pues están arriesgando mucho más hacerlo y ayudan a conformar una visión del futuro. Al igual que en todas las transformaciones anteriores la tendencia mayoritaria es simplemente aplicar la nueva tecnología a la misma dinámica que veníamos ejecutando, solo que ahora esperamos de ella mayor rapidez y menor intervención humana, a la que por principio presumimos peor que una desapasionada, inagotable y predecible máquina.
Sin embargo, el impacto de la innovación cuando se aplica a los procesos existentes suele ser marginal. Algo que nunca deberíamos despreciar, por aquello de la exigua ventaja necesaria para ganar posiciones en un mercado hiper-competitivo. Pero no lo suficientemente sustancial como para suponer una revolución de productividad que sea capaz de sostener la narrativa que mantiene la euforia de los inversores.
Recordemos, a modo de ejemplo, cómo la aparición de los cajeros automáticos generó vaticinios respecto a la desaparición de puestos de trabajo en las sucursales bancarias, lo cual sucedió muy marginalmente. De hecho, si me haces desplazarme hasta la sucursal para operar, por un poco más entro a la oficina y me atiende un humano, en lenguaje natural, que puede que incluso me trate amablemente y me facilite la misma gestión.
Por el contrario, el advenimiento de la banca por internet, el poder realizar trámites bancarios sin desplazarte hasta la sucursal, y hacerlo en un horario que no afectase a tu trabajo, volatilizó redes enteras de oficinas bancarias, hasta el punto de que los neobancos ya anuncian a bombo y platillo la apertura de un lugar físico donde relacionarse con sus clientes. Y ni siquiera se parece mucho a lo que tradicionalmente entendíamos por una sucursal, con bolígrafo atado a un cable junto a la ventanilla del cajero.
Volviendo a la reflexión que nos comparte Jack Dorsey, este trata de llegar a la conclusión de porqué las organizaciones se estructuran en jerarquías anidadas en capas. Para ello se remonta dos mil años y analiza los ejércitos romanos, como una de las primeras estructuras jerárquicas organizadas y bien documentadas. La unidad básica era el contubernium, formado por 8 soldados, una mula y el jefe de estos, el decano. Diez contubernium conformaban una centuria, con su centurión al mando. Seis centurias formaban una cohorte y diez cohortes formaban una legión, de algo más de cinco mil soldados.
Desde tiempos pretéritos entendimos que hay una limitación humana en la cantidad de personas que puede gestionar un individuo, y que se sitúa entre tres y ocho miembros. En muchos casos se refleja esa complejidad en la exponencial cantidad de comunicaciones internas que se producen cuando el tamaño del equipo aumenta. Esas interacciones, en muchos casos interpretando lo que sucede y cómo aplicar las instrucciones que cada uno ha entendido, hace que un grupo numeroso tienda a generar mucha más dispersión.
En el mundo del desarrollo de software se acuñó como Ley de Brooks, en honor de Fred Brooks, autor en 1975 de “The Mythical Man-Month” y viene a decir que añadir más gente a un proyecto retrasado hará que se retrase aún más, entre otros motivos por la sobrecarga de comunicación.
Y también, relacionado con este fenómeno, nos encontramos el Número de Dunbar, descrito por el antropólogo Robin Dunbar, y que señala que la cantidad máxima aproximada con la que un individuo puede relacionarse de forma plena está en torno a las 150 personas, casualmente el tamaño de una compañía militar. El motivo de la limitación se encuentra en la capacidad de nuestro cerebro y la complejidad exponencial que supone analizar el contexto y las interrelaciones cuando añadimos miembros al grupo.
Siendo conscientes de estas limitaciones biológicas, puesto que podemos observar el fenómeno a lo largo del tiempo y en diferentes culturas, los humanos hemos resuelto esto creando capas organizativas a las que asignamos un responsable de entender las instrucciones de la capa superior y asegurarse del entendimiento en la capa que dirigen. En la reflexión de Dorsey considera a la jerarquía como un sistema de transmisión de información y mantenimiento de la coherencia.
Y a continuación aporta más ejemplos, como la innovación que supuso el ejército napoleónico para que el liderazgo no lo ejerciese una sola persona. Habla también sobre Frederick Taylor, el conocido como padre de organización científica del trabajo, y cómo este enfoca la sobrecarga cognitiva desde la descomposición de las tareas en actividades más pequeñas que favorezcan la especialización. Repasa el modelo organizativo impuesto por J. Robert Oppenheimer para coordinar el Proyecto Manhattan, o la organización matricial formulada por dos socios de McKinsey en Harvard Business Review en 1959 bajo el título “Creating a World Enterprise”.
Incluso señala que los modelos organizativos más recientes como los de Zappos, Haier o Spotify, que promueven la descentralización, tienen cierto éxito mientras son pequeños, pero cuando aparecen los problemas que trae la escala vuelven a la, prácticamente arraigada en nuestros genes, jerarquía tradicional. Un amigo solía decir que tu lengua materna es aquella en la que maldices cuando te pillas los dedos con un cajón.
Sentado el problema y la solución que la humanidad ha ido decantando a través de los siglos, Dorsey nos propone su provocadora visión sobre la forma en que están reconfigurando Block, con la inestimable colaboración de la IA. De esta forma afirma que están creando un sistema que puede mantener un modelo continuamente actualizado de todo un negocio y utilizarlo para coordinar el trabajo de formas que antes requerían que los humanos transmitieran información a través de capas de gestión.
De alguna forma lo asimila a un “Modelo de Mundo”, un concepto nacido en los años 50, cuando los primeros teóricos de la Inteligencia Artificial se dieron cuenta de la necesidad de que para que un agente razone debe contar con una representación del entorno. Un problema filosófico del que somos conscientes desde Platón, pero que los ingenieros olvidan periódicamente. Pero dado que la IA no puede percibir esa realidad por sí misma, y todo lo que puede ingestar son interpretaciones de la realidad más o menos masticadas y digeridas por humanos, Dorsey nos reserva en su modelo organizativo la función de ser la interfaz de la inteligencia con el mundo físico.
Así la jerarquía tradicional, que implicaba una inteligencia humana en lo alto de una pirámide a través de cuyas capas fluían las instrucciones hacia abajo y la información situacional hacia arriba, con más o menos rigor y pérdida de señal en cada transmisión, se transforma en que la inteligencia vive en el propio sistema, y solamente necesitamos personas para operar en los límites físicos donde la IA no puede alcanzar por sí misma (lo cual resulta especialmente inquietante cuando la robótica humanoide está avanzando a pasos agigantados).
Esto lleva a la conclusión lógica de que ya no necesitamos una capa de middle management permanente, porque la información fluiría de forma instantánea y uniforme por la organización. De esta forma la IA sería quien tomaría las decisiones, basadas en el análisis constante de los datos del negocio, no en las volubles intuiciones humanas, e indicaría a los trabajadores qué deben ir haciendo en cada momento… y esto lo aceptarían sin rechistar, porque todos sabemos que los humanos no cuestionamos nunca las instrucciones recibidas. No sé, le veo algún fallo a un sistema que niega lo que sabemos de la naturaleza humana, y nuestra preferencia por el sentido de pertenencia sobre la recompensa racional, entre otros muchos instintos.
Aunque el tema es apasionante y nos dejamos múltiples perspectivas sin explorar, sobre las que sin duda volveremos en las próximas semanas mientras la burbuja de la IA siga generando noticias y sugestivas visiones del futuro, hemos llegado a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
Personalmente celebro que exista gente valiente, que formule teorías, que comparta su visión y que se exponga a la crítica pública. El progreso no sería posible de otra forma. Ahora bien, hay que poner en contexto que el post de Jack Dorsey se produce apenas un mes después de anunciar el despido del 40% de los 10.000 trabajadores de su empresa, y que de alguna forma suena a justificación intelectual de una decisión que ha sido muy comentada en la industria, aunque ampliamente celebrada por los mercados financieros.
La propuesta de Dorsey contiene, al menos para mí, dos puntos que la hacen muy cuestionable en su viabilidad: la necesidad de un modelo de mundo y de que los humanos acepten ser parte mecánica de un sistema que monopoliza la inteligencia.
Respecto a los modelos de mundo, que en mis tiempos trabajando en ese espacio eran conocidos como Digital Twins), estos tienden a infravalorar la complejidad emergente. En un organismo complejo, y una empresa lo es claramente, el valor surge de la interacción de sus elementos, de forma que no puedes sintetizarlos, fragmentarlos y aislarlos, y esperar que estos mantengan su comportamiento. Toda representación de la realidad es imperfecta. Puede ser útil para un propósito específico, pero nunca una representación completa de la realidad, y especialmente de aquel valor que emerge de la interacción de sus elementos.
Por otro lado, la tesis de Dorsey se basa en que la única finalidad de la jerarquía es la transmisión de información. Pero también está la de adaptarla a las visiones particulares, subjetivas y dinámicas de quienes intervienen en la operación de la empresa. No hay una única realidad, sino múltiples percepciones de la realidad, tantas como individuos que perciben los hechos a través de sus imperfectos sentidos y la interpretan con el tamiz de sus experiencias previas, y que un manager debe orquestar.
En el estupendo equipo de Fresh People, con el que colaboro como Strategy Advisor, han creado un agente IA para ayudar al manager con la gestión del equipo. Es una idea maravillosa y muy necesaria, dado que en muchas ocasiones se promociona al mejor técnico y no necesariamente cuenta con las mejores habilidades para gestionar a las personas que ahora tendrá a su cargo. Pero aunque la IA está trabajando constantemente en segundo plano, pendiente de todo lo que ocurre, lo que hace es proporcionar sugerencias al manager, para que sea un humano quien decida si esa propuesta toca o no toca, y en su caso que la comunicación de ese plan siga siendo de humano a humano.
Soy un firme creyente de la selección natural. Si las organizaciones que por convencimiento, por accidente, o cualquier otra circunstancia sobrevenida durante los últimos dos mil años, hubiesen prescindido de ese aparentemente inútil middle management hubiesen sido mucho más exitosas, estoy seguro de que ya se hubiese impuesto ese modelo.
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