Durante los últimos días, y consecuencia de la guerra de Irán, estamos experimentando episodios de alta volatilidad en los mercados. Esto nos da la oportunidad de reflexionar sobre esta importante variable del mundo de la inversión, que refleja la amplitud con la que se mueve la cotización de un valor.
Especialmente significativa ha sido la evolución del precio del barril de petróleo, en la que hemos visto que el inicio del conflicto bélico (oficialmente “operación militar con objetivos específicos”) disparaba su cotización. Esto es bastante lógico, dado que el petróleo es una materia prima con una demanda inelástica: si se reduce la oferta y sube el precio, este se seguirá pagando porque la demanda no tiene un sustituto fácil ni evidente en muchas de sus aplicaciones.
El impacto en el suministro pronto dejó de ser un ejercicio teórico, pues Irán puso todo su empeño en bombardear refinerías de la región, y en bloquear el estrecho de Ormuz, un pequeño canal de agua de apenas 33 km de ancho, que es la única salida por mar del Golfo Pérsico, y por el que circula el 20% del petróleo mundial. De hecho, ni siquiera necesitaron bloquearlo por completo: solamente la amenaza de atacar a los barcos que cruzasen hizo que las aseguradoras avisasen a los cargueros de que no cubrirían esas pérdidas en caso de ataque. Y con ese nivel de riesgo nadie se atreve a probar su fortuna marinera.
Tras la fugaz y precisa intervención de USA en Venezuela para capturar a Nicolas Maduro se había creado una imagen casi omnipotente del ejercito estadounidense, de forma que los mercados asumieron que este conflicto no duraría mucho. Además, Irán había estado en guerra con Israel durante 12 días en junio de 2025 y su fortaleza militar había quedado claramente en entredicho. Así que tras varias operaciones de desgaste, a lo que se añadió el asesinato de su líder el ayatollah Khomeini y otras figuras relevantes del gobierno, y los ataques combinados de Israel y USA, estaba claro que el régimen iraní caería y el suministro de petróleo no se vería gravemente afectado.
Pero los días iban pasando y la caída del régimen no se producía. Y de repente corrió por los mercados la sensación de que USA se había metido en un conflicto mucho más largo de lo previsto, y el 9 de marzo el petróleo vivió una jornada de locura. El barril había estado cotizando en el entorno de los 66 USD en los días previos al conflicto, y poco a poco había escalado hasta los 89 USD. Pero ahí explotó hasta subir en poco minutos hasta los 120 USD.
Un petróleo al doble de su cotización habitual, de una forma tan abrupta, tiene un impacto inmediato en la economía, pues prácticamente todos los productos necesitan de alguno de sus componentes para fabricarse, o de su energía para realizar alguna transformación, o bien necesitan ser transportados por algún vehículo que lo consume. Y recordemos que su demanda es inelástica: por mucho que suba el petróleo no puedes echarle a tu camión un combustible diferente.
En ese momento, literalmente, Donald Trump se asustó por las consecuencias imprevistas de sus actos y dijo que la guerra estaba “prácticamente terminada”.
Como es habitual en él no aclaró si porque los objetivos militares que se habían propuesto estaban alcanzados (total, nadie los sabe) o porque iba a ordenar la retirada de sus tropas en la convicción de que no iba a lograrlos. El asunto es que los mercados recibieron con regocijo el anuncio, y el petróleo, que ya se especulaba que podría subir hasta los 200 USD el barril, cayó en picado hasta los 77 USD.
Pero como, tras el regocijo de la cercanía del final de la guerra, las explicaciones de Trump y otros miembros destacados de su Administración empezaron a ser contradictorias, en apenas dos horas el precio del petróleo volvió con fuerza hacía arriba, hasta el entorno de los 90 USD el barril. Como tituló Adam Kobeissi: “una absoluta locura. Una volatilidad sin precedentes”
Una vez situado el ciclotímico escenario, en el que los bandazos se suceden y no nos obligan a agarrarnos a la barandilla, veamos la influencia de la volatilidad en nuestras inversiones, y en nuestras vidas cotidianas.
Los mercados financieros son instituciones a las que debemos una gran parte de nuestro progreso como civilización. Porque aunque se les reprocha que no producen nada, y esto es técnicamente correcto, han permitido acelerar el ciclo de producción de todo cuanto nos rodea. Al asignar dinero de los ahorradores a los productores se produce la financiación de los proyectos que crean los productos. Y cada vez a mayor velocidad.
Pero a la vez que se aceleraban, los mercados financieros han dejado de ser un mecanismo de financiación, de asignación de capital a proyectos más eficientes, para ir mutando hacia un ecosistema de pura especulación en la que muchos de sus actores no tienen realmente ningún interés en el activo que están comprando. Quienes han comprado petróleo por si subía no tienen ninguna intención de asegurarse el suministro, porque no son consumidores, únicamente pretenden acertar en el movimiento del precio para obtener una recompensa. Una pura apuesta a que sucede un evento determinado. Como decíamos hace unas semanas, la inversión transformada en entretenimiento.
Esto no es ni bueno, ni malo. Ni pretendo hacer ningún juicio moral a los mercados financieros. Ni tampoco lamentarme porque cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero es una realidad. Y como cantaba Joan Manuel Serrat: “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”
La primera derivada es que los precios de los valores financieros dejan de reflejar el valor de sus activos subyacentes, para convertirse en la representación de una infinidad de apuestas en uno u otro sentido. Y nos lleva a una pendiente resbaladiza en la que empezamos calculando “cuánto vale para mi el activo que estoy comprando”, para llegar a “cuánto creo que valdrá este activo mañana”, y por último a valorar “cuánto creo que tú crees que valdrá el activo mañana”. Por que se transforma en un juego de casino en el que lo importante no es cuánto vale, sino cuánto está el otro dispuesto a apostar. A aguantar la patata caliente para ver si aun soy capaz de pasársela a otro antes de que explote y llevarme algo en ese juego.
Pero esa dinámica hace que todos los actores del mercado se muevan de forma simultánea, reaccionen de forma abrupta y rápida a la misma información, y que en pocos minutos la cotización de los activos pueda sufrir enormes variaciones. Un mercado de apuestas se mueve con extrema volatilidad, como hemos visto con el petróleo durante esta semana.
Mientras esta dinámica del mercado se vuelve muy atractiva para especuladores y buscadores de emociones, porque a mayor volatilidad, mayor diversión, poco a poco se va convirtiendo en menos atractiva para quienes solo buscan poner a buen recaudo sus ahorros.
No hay forma humana de vivir tranquilo si tienes que estar pendiente de lo que va diciendo Donald Trump a cada momento porque tus ahorros pueden subir o bajar en pocas horas el equivalente a tu expectativa de rentabilidad para todo el año.
Nuestro cerebro se diseñó para reaccionar a patrones y el bajo consumo de energía, no para estar pendiente de todas las noticias que puedan afectar a nuestras inversiones.
Máxime cuando lo que puede hacer que el mercado se mueva de forma abrupta sean los cambios del tiempo de los que se quejaba tu abuela. O trasladado al contexto que hemos visto hoy, que el presidente USA diga de repente que la guerra de Irán terminará cuando “lo sienta en sus huesos”.
Aunque este tema puede dar mucho más de sí, y por ejemplo no nos dio tiempo hablar del índice VIX, del demonio de Shannon, o del fondo de Mark Spitznagel, hemos llegado a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
Suelo comentar en Twitter, casi como mantra, que un refugio de valor con alta volatilidad no es un refugio. Y no es relevante cual sea el activo. Puede ser incluso el oro y la plata, que han actuado como refugio de valor durante milenios. Pero si de repente empieza a fluctuar un 30% arriba o abajo, pierde la consideración de activo refugio.
Hay quien, por ejemplo, celebra la volatilidad del oro, sobre todo cuando es sostenida y hacia arriba. Pero que un activo se revalorice rápidamente es un indicativo de que se está transformando en activo de especulación. Ha atraído las miradas de quienes intentan ganar una apuesta. Puede suponer una alegría para el ahorrador que de repente ve crecer el valor, pero tarde o temprano la volatilidad consumirá su paz mental.
Un refugio de valor es aquel en el que cuando vas a buscar tu dinero, este sigue allí.
Por eso un activo con alta volatilidad nunca puede ser un refugio de valor. Porque cuando vayas a por tu dinero puedes encontrarte con que esté muy alto o muy bajo. Y no sirve de nada que veas en un gráfico que en un plazo de veinte años siempre sube, porque tu necesitas ese dinero ahora. Ahora que te has quedado sin empleo, que estás enfermo, o que tienes una oportunidad de negocio que necesitas aprovechar. Los modelos financieros pueden proyectar cualquier situación hasta el infinito, pero los imprevistos de tu vida tienen sus propios planes.
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