La semana pasada hablábamos sobre cómo la tokenización está creando unos nuevos railes digitales para el mercado financiero, y como las grandes instituciones financieras habían pasado en pocos años de ridiculizar la blockchain a abrazarla con un repentino entusiasmo.
Este tipo de procesos explosivos necesitan un detonador, de un suceso que prenda una mecha y ocasione una deflagración viral, y en este caso podemos identificarlo con la popularización de las stablecoins, que es uno de los términos más relevantes del año en el mundo financiero.
Una stablecoin es un criptoactivo (un token en una blockchain) que mantiene una relación 1:1 con una moneda de curso legal, como el USD o el Euro. En resumen, una stablecoin es dinero tokenizado.
De esta forma, las empresas que emiten stablecoins deben tener un respaldo en sus reservas para cada token que emiten, por ejemplo mediante depósitos en la divisa que representa o deuda pública de buena calidad. No se pueden poner a emitir nuevo dinero sin tener un respaldo (ese privilegio solo se lo consentimos al Estado).
Es importante no confundir las stablecoins con otras formas de dinero digital, como las tradicionales anotaciones en cuenta de los bancos comerciales, o las CBDC (Central Bank Digital Currency), como el Euro Digital que tiene en estudio el Banco Central Europeo, porque tienen matices importantes.
En el pasado hemos utilizado muchos instrumentos en forma de dinero, para facilitar los intercambios comerciales. Desde conchas o sal, hasta la plata o el oro. Pero actualmente ninguno de ellos puede utilizarse como dinero, ni siquiera aunque nos pongamos de acuerdo en utilizarlos como moneda de intercambio, porque lo que distingue el dinero de curso legal de cualquier otro activo financiero o físico es que estás obligado a aceptarlo para saldar una deuda.
Dinero es lo que el Estado dice que es dinero.
Si utilizas un activo que no es dinero para comprar un bien legalmente no estarás haciendo una compra sino una permuta, lo cual tiene su implicaciones mercantiles, pero también fiscales.
De esta forma, aunque de una stablecoin, incluso en el reglamento MiCA de la Unión Europea, se diga que es un e-money token, que es dinero, en puridad no es dinero de curso legal. Más allá de este matiz, nada trivial y que en el futuro nos dará para otro post, la realidad es que desde una perspectiva práctica una stablecoin nos sirve para hacer transferencias de valor y pagos, por lo que para el común de los mortales podemos asimilarla a dinero.
Una stablecoin es económicamente dinero, pero jurídicamente no es dinero. Técnicamente son pasivos financieros privados, lo cual tendrá su importancia cuando en post futuros hablemos de shadow banking y private equity.
Una vez definido esto, la siguiente cuestión lógica es para qué necesitamos otro dinero digital, si ya estábamos usando prácticamente todos anotaciones en cuenta en un banco online, pues el efectivo tiene un uso residual respecto al total de las transacciones. Y la respuesta es que tener dinero tokenizado nos permite incorporar a las funciones del dinero tradicional las capacidades que le aporta estar representado en una blockchain: liquidación instantánea, coste de transacción minúsculo, disponibilidad 24/7 o poder programar su comportamiento con smart contracts.
Mover dinero no debería ser más lento que mover información.
Por eso, aunque la reticencia (por decirlo suavemente) de las instituciones financieras respecto a la blockchain duró muchos años, este caso de uso tan valioso hizo que empezasen a popularizarse. Especialmente en aquellos países en los que la circulación de moneda es complicada, el acceso a USD está restringido o donde los costes de transferencia son muy altos.
El germen de las stablecoins está en 2014, cuando Brock Pierce, Reeve Collins y Craig Sellars lanzan Realcoin, que posteriormente se convierte en Tether, que a día de hoy es la mayor empresa del mundo en stablecoins (como curiosidad, esta semana han hecho una oferta para comprar la Juventus de Turín). El objetivo de Tether era disponer de un dinero en la blockchain que no tuviese tanta volatilidad como el Bitcoin, de forma que decidieron «pegarlo» al valor del Dólar USA, creando la principal stablecoin en el mundo USDT. De forma más o menos consciente habían creado el caballo de Troya definitivo para que el sistema financiero no pudiese seguir ignorando la blockchain.
Aunque Tether supone uno de esos casos en los que quien llega primero se queda con el éxito, posteriormente aparecieron más emisores de stablecoins, con visiones muy diferentes. Por un lado, en 2017, MakerDAO lanza DAI, una stablecoin con una filosofía muy «cripto», muy descentralizada y basada en algorítmica. Pero esta genialidad ha sido apreciada solo por los muy cafeteros y su adopción ha sido muy limitada. Sin embargo, en 2018, Circle y Coinbase lanzan su stablecoin USDC, siendo su enfoque hacerlo todo en base a la regulación financiera, conviviendo con los actores ya existentes, negociando con los reguladores de la misma forma que las instituciones financieras tradicionales. Aunque Tether mueve unos 50.000 millones de USDT al día (sí, has leído bien: al día), los 6.000 millones diarios de USDC que mueve Circle la han convertido en la segunda stablecoin a nivel global, y en una empresa que salió a Bolsa en junio de 2025 con una valoración de 8.000 millones de USD, que rápidamente ha subido hasta más de 18.000 millones.
Estas dos formas de enfocar la adopción de las stablecoins es una tremenda metáfora de lo que supone introducir un producto en un mercado con grandes incumbentes, y no hay mayores que la banca.
Una vez que los bancos y grandes instituciones financieras se han dado cuenta de que, debido a las stablecoins, el uso de la blockchain en el mundo financiero ya no era residual, sino que amenazaba con convertirse en un actor central en poco tiempo, han requerido a los reguladores para que creasen un marco normativo en el que ellos mismos pudiesen operar con garantías y seguir siendo relevantes en el nuevo paradigma. Las stablecoins se habían convertido en la clave de bóveda del nuevo sistema financiero.
Pero la adopción de blockchain por las instituciones financieras ha supuesto que ya no solo tokenicemos dinero, sino cualquier otro activo (han empezado por los financieros, tanto porque es a lo que más están acostumbrados a gestionar como porque los activos son mucho más homogéneos y eso siempre ayuda). Y eso ha acelerado aún más el uso de stablecoins, ya que para poder disfrutar de la liquidación atómica (es decir, instantánea) en la adquisición de un activo financiero tokenizado nuestro dinero tiene que estar tokenizado también. Ambos tokens deben estar viviendo en la blockchain para que podamos hacer esa liquidación tan rápida.
Como imagináis, esta adopción de stablecoins está abriendo muchas preguntas interesantes, como por ejemplo: ¿Vamos a tener dos tipos de dinero, uno basado en anotaciones en cuenta y otro en la blockchain, y estar haciendo el proceso de conversión de uno a otro constantemente? No parece que tenga mucho sentido tener un dinero mucho más útil y otro sin ninguna ventaja práctica, más allá del periodo de adopción para que sea aceptado en la mayoría de transacciones. Y eso nos lleva a cuestionar qué va a pasar con los sistemas tecnológicos tradicionales de los bancos, y os aseguro por experiencia que no es una pregunta menor.
Otra cuestión relevante es que, una vez que tenemos dinero tokenizado, este tiene las características de la blockchain. Todas. No las que nos apetezcan. Y la blockchain se creó para facilitar transferencias P2P sin la intervención de terceros de confianza, es decir, sin bancos o estados controlando nuestros flujos de dinero. Por mucho que los reguladores se empeñen, una vez que tenemos dinero tokenizado no pueden impedir que nos lo transfiramos unos a otros fuera de su control (habrá entidades reguladas que lo controlarán, pero también habrá de las otras). En esto se parece mucho más al dinero en efectivo que al dinero reflejado en anotaciones en cuenta, pero incluso es más fácil y rápido moverlo sin dejar rastro trazable. Esto tiene muchísimas implicaciones, desde fiscales hasta de control de delitos. Una buena pista nos la da que China haya prohibido las criptomonedas esta misma semana.
Más cuestiones relevantes, las stablecoins son emitidas por empresas privadas, y aunque los bancos comerciales también lo son, estas son de un nuevo tipo. Son Fintech, a veces en países exóticos, normalmente dentro de un marco regulatorio más laxo que la banca tradicional, y también con otras velocidades y osadía contra el statu quo. Esto además ha sido especialmente atractivo para el Gobierno USA, que ve cómo puede crear dinero sin pasar por el control de la Reserva Federal. El Tesoro emite deuda pública, la SEC (Security and Exchange Commission, el equivalente a nuestra CNMV) autoriza o consiente a estas nuevas Fintech a la emisión de stablecoins utilizando deuda pública como reservas, y magia: tenemos la máquina de convertir deuda pública en dinero. El asunto es que, como suele pasar con los políticos, esto resuelve a corto plazo un problema de deuda pública, a cambio de perder la capacidad de controlar la política monetaria, que es probablemente el mayor poder del Estado.
Aunque como os podéis imaginar podríamos plantear muchísimas más cuestiones sobre este tema, llegamos a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
Cuando escuchamos frases como “las stablecoins han venido para quedarse” no solamente hay que interpretarlo en clave de que su adopción está siendo un proceso acelerado, sino que realmente, una vez emitidas, ya no vamos a poder evitar que circulen (salvo coacción física de las personas, pero tampoco se trata de dar demasiadas ideas).
Este proceso realmente no es novedoso en la historia, sino que sigue un determinado patrón: aparece una innovación financiera privada, las instituciones dicen que «no son dinero», como esta innovación aporta valor empieza a usarse masivamente, y las instituciones terminan regulando y asimilando su uso. Es decir, las stablecoins no son una anomalía «cripto», sino la reaparición histórica del shadow banking en formato digital y programable.
Esta revolución silenciosa altera uno de los elementos cruciales de nuestras vidas, el dinero que utilizamos para hacer pagos. Por lo que no deberíamos esperar un impacto menor del que supuso internet para la información. Pero en las grandes revoluciones uno es incapaz de predecir todos los cambios que generará esa pequeña chispa cuando empiece a soplar el viento.
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