Durante prácticamente un año he estado escribiendo esta newsletter de forma semanal, en la que he ido compartiendo con vosotros aquello en lo que estaba pensando, o aquello que estaba estudiando, investigando… Pero siempre era sobre el Qué, y por algún tipo de pudor, o por no sonar a autopromoción, nunca os he contado el Para Qué estaba pensando o estudiando aquello. Y hoy me decido sacudirme esos reparos y contaros en qué he estado trabajando durante todos estos meses.
Toda esta historia arranca en junio de 2025, cuando tras haber vendido TecnoFor en mayo de 2024, la consultora de automatización de procesos a la que dediqué veinte años de mi vida, me encontré en una situación completamente nueva: tenía un patrimonio relevante en el banco, pero por primera vez desde el siglo pasado no tenía una fuente de ingresos. Experimentar esta situación, soñada por muchos emprendedores, era algo, cuando menos, inquietante.
Emocionalmente es mucho más fácil gestionar tu nivel de gastos cuando tienes un flujo de ingresos, ya que de alguna forma asumes que “el mercado” te fija los límites de qué es razonable. Y no, no sirve que te hagas tu propia asignación periódica, porque la sensación de ver decrecer la cantidad todos los meses, para aquellos que como yo tenemos tendencia a la paranoia, no es especialmente agradable.
La cuestión no mejoró demasiado cuando hice el cálculo de la paulatina erosión del patrimonio que supone la inflación a un periodo de cuarenta años vista —quizás soy demasiado optimista con mis opciones de supervivencia, pero más vale prevenir—, y que a una tasa del 3%, que es una estimación más que razonable, supone que en esas cuatro décadas habré perdido el 70% del valor de mi dinero. Es totalmente inviable que a pesar de haber vendido una empresa con más de cien empleados pueda vivir con ese dinero simplemente consumiéndolo. De forma que me vi obligado a buscar la forma de rentabilizarlo. Tocaba buscar opciones de inversión.
Había sido un inversor muy activo desde 1999 —lo recuerdo con precisión porque la primera vez que puse mis ahorros a trabajar fue la OPV de Indra, el 23 de marzo de aquel año—, pero en la última década me había desconectado bastante, porque mi empresa reclamaba todo mi dinero y atención, así que me tocó arremangarme y volver a estudiar. Y lo que descubrí me resultó pavoroso. Todos los productos financieros competían por ver cuál ofrecía mayor rentabilidad, como si hubiese algún tipo de mérito en ello. Para ofrecer una rentabilidad alta basta con asumir un riesgo muy elevado y rezar para que este no se materialice. Y de hecho, durante el tiempo en que el ciclo económico no se contrae, algo que tarde o temprano sucede, esto puede funcionar. Pero si piensas a cuarenta años vista no es viable.
Pero sobre todas las demás consideraciones había una especialmente relevante: yo no necesitaba asumir tal cantidad de riesgo. Mi objetivo era batir a la inflación, conseguir algún pequeño retorno adicional porque la inflación oficial siempre se queda algo corta respecto a la realidad, y sobre todo, minimizar el riesgo de perder el capital. Algo tan sencillo como “dejar tu dinero en un lugar, y que cuando vayas a por él siga allí”, era una completa fantasía en los productos financieros que me ofrecían.
Y así fui indagando metódicamente: ¿Depósitos bancarios? No cubren ni la inflación. ¿Deuda pública? A cuarenta años tiene un riesgo descomunal de impago —el Tesoro estadounidense ya reconoce por escrito que no es capaz de pagar la deuda que ha emitido, y la mayor parte de los estados se encuentran igual o peor—. ¿Vivienda para alquilar? En mitad de una burbuja enorme, a lo que se suma inseguridad jurídica y cierto rechazo social. ¿Fondos indexados? Con los índices marcando máximos históricos, una burbuja de IA larvándose y el sequencing risk que no me permite anticipar si cuando necesite el dinero estaremos en un momento de bajada que cíclicamente llega. ¿El oro, activo refugio por excelencia? Convertido en un activo especulativo más, con una gran volatilidad. ¿Bitcoin? Sin un valor intrínseco depende de que continúe siendo la elección de aquellos que ponen su dinero en criptomonedas. Conclusión: un ahorrador no tiene un refugio.
Preguntándome cómo lo hacían aquellos que buscaban dejar su riqueza a la siguiente generación encontré el inmobiliario no residencial. Una práctica muy común de los Family Offices era la adquisición de edificios de oficinas, centros comerciales y logísticos, etc… con contratos de alquiler de medio y largo plazo con operadores solventes, y sobre todo con ubicaciones deseables, que hacen predecir que en caso de vacancia será relativamente sencillo encontrar un inquilino sustituto. El caso más paradigmático es Pontegadea, la empresa inmobiliaria de Amancio Ortega.
Era obviamente la solución perfecta, porque esta clase de activo reunía los atributos que yo estaba buscando: es una protección contra la inflación, recibes unas rentas porcentualmente moderadas reflejando que el riesgo está muy contenido, y tiene una baja volatilidad. Esto último, que hace que sea un producto de inversión aburrido, impacta en dos puntos clave: que en caso de tener que desprenderte de ello en un momento determinado no se encuentre en una valoración de mercado muy baja —su valoración depende en gran medida de un contrato que no cambia de un día para otro—, y no te obliga a permanecer atento a los vaivenes de las noticias constantemente para no verte atrapado en una caída brusca de los mercados.
La cuestión es que no parecía que la búsqueda de protección patrimonial y paz mental fuese una expectativa exótica por mi parte: encontré que solamente en España hay más de 6 billones de euros —6 trillions, en la escala de los estadounidenses— en depósitos y cuentas corrientes, perdiendo dinero a sabiendas con tal de no exponerse a los mercados financieros y evitar riesgos y sobrecarga cognitiva.
El pequeño problema es que estos inmuebles no residenciales suelen costar algunas decenas de millones de euros. Para conseguir buenos activos, que reúnan estas características que mencionaba, necesitas como mínimo 2 o 3 millones de euros, y que el banco te hipoteque la otra mitad a 15 años, lo que se come las rentas mensuales durante un largo periodo. Pocas personas disponen de unos ahorros de ese tamaño, pero incluso en el caso de que tuvieses esa cantidad de dinero para invertir, no resulta razonable bloquearlo en un único activo. Diversificar es una gran herramienta de gestión de riesgos, especialmente de los más impredecibles.
Y en esas estaba cuando llegamos a agosto de 2025 y mi familia, con el gran criterio que acostumbran, me arrancó de mis disquisiciones y me arrastró unos días a la playa, a disfrutar de las quemaduras de segundo grado provocadas por el sol mediterráneo en la piel de quien encadena horas encerrado en un despacho, con un ordenador y las persianas bajadas para no desconcentrarse.
Casualmente coincidimos en la misma ciudad con una buena amiga de mi mujer, y quedamos a comer las dos familias, con nuestras respectivas proles. Y mientras nuestras compañeras de vida se ponían al día de sus cuitas y rememoraban anécdotas, yo me quedé conversando con el otro marido, a quien acababa de conocer, pero que tenía una conversación fascinante sobre la materia en la que llevaba años trabajando: blockchain. Quien sembró en mi cabeza la semilla de la tokenización fue Jesús Pérez, uno de los referentes patrios de la tokenización y fundador de la mítica Cryptoplaza. Y como notó mi interés por lo que me contaba, porque no era únicamente una cuestión tecnológica —esa parte ya la conocía desde hace años— sino principalmente jurídica y económica, me dejó deberes: me envió un par de vídeos para que entrase definitivamente en la madriguera de conejo.
Esa noche, mientras conducía de vuelta a casa, con el coche completamente en silencio mientras la familia descansaba de un largo día, mi cabeza unió los puntos: podía utilizar el cambio normativo publicado por la Unión Europea, el DLT Pilot Regime, que había entrado en vigor el 23 de marzo de 2023, para representar legalmente la propiedad de un inmueble no residencial en una blockchain. De esta forma podía fragmentar la propiedad a modo de acciones y hacer accesible esta clase de activos a cualquier ahorrador. Ya no se trataba de encontrar una solución a mi problema de preservación patrimonial, sino de ayudar a miles de familias ahorradoras a construir un legado.
El 17 de agosto de 2025 fue el momento Eureka para el que sería mi proyecto de tokenización inmobiliaria. Aunque entonces lo bauticé como Shelther —aún tengo el dominio, porque lo primero que hace un emprendedor es comprar dominios “por si acaso”, con la ayuda y el inestimable criterio de José Luis Antúnez la identidad de la empresa evolucionó al Shellment actual.
Aunque sobre este tema escribiré más, supongo que muchísimo más durante los próximos años, por ejemplo sobre los motivos de diseño del producto financiero, arquitectura legal o la propia plataforma, hemos llegado a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
Como muchos proyectos empresariales, Shellment nace de una necesidad personal, y esta empuja a encontrar una solución a un problema que excede en mucho el terreno individual. No era mi plan para este momento de mi vida, pero tampoco puedo negar que el momento de hacerlo es ahora.
Por otro lado mi propia filosofía vital respecto a la obligación moral de no consumir todo lo que has creado en tu vida, sino construir un legado que dé ventaja a quienes nos sucederán —algo que estoy descubriendo durante este camino que es más común de lo que pensaba—, me impulsa a crear una alternativa a los productos financieros mayoritarios, donde todos compiten por ser quienes más riesgo hacen soportar a sus clientes —recuerda siempre que rentabilidad correla con riesgo—.
De hecho, estoy convencido de que la falta de alternativas de ahorro se fundamenta en una maquinaria de marketing que simplifica sus eslóganes hasta llegar promocionar un simple porcentaje. Un número seguido de un “%” les resulta mucho más sencillo de vender, pero eso no implica que sea el producto más conveniente para los clientes.
PD. Hemos abierto la plataforma de Shellment y ya puedes crear tu perfil. Como somos conscientes de que la tokenización inmobiliaria es un concepto muy nuevo para la mayoría, hemos creado un on boarding didáctico, en el que podrás comprar y vender inmuebles simulados, sin miedo a romper nada. Y si además completas el KYC (Know your customer, el detallado formulario que exige la CNMV para operar con un producto financiero)… bueno, lo que sucede os lo dejo como sorpresa para quienes aprovechéis la tranquilidad de un domingo de julio para hacerlo. Gracias por acompañarme en este viaje.
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