En el mundo de la inversión, la rentabilidad es una función del tiempo que aceptas no disponer de tu dinero y el riesgo de no recuperarlo que asumes en esa operación. Idealmente, porque hay muchos matices que veremos hoy.
El asunto es que, según esa definición no existe la rentabilidad sin riesgo, y aquellos inversores que desean obtener una rentabilidad deberían asumir de buen grado, incluso celebrar, la existencia de riesgo. Sí, lo ideal es que encuentres una operación en la que el riesgo sea muy bajo y la rentabilidad muy alta, pero eso es tan probable como que te paguen mucho trabajando poco.
Los humanos tomamos nuestras decisiones en base al riesgo percibido, no en base al riesgo real.
Algo que ya hemos comentado repetidamente es que los humanos somos pésimos valorando y gestionando riesgos. Pero no nos habíamos detenido aún a señalar por qué esto es así. Lo primero es que somos seres biológicos diseñados para la supervivencia. No somos máquinas de cómputo y nuestro cerebro no está diseñado para el almacenado y procesado de información, sino para responder de forma excepcionalmente rápida a patrones que identificamos como amenazas.
De hecho, gracias al trabajo de Daniel Kahneman y Amos Tversky sabemos que gran parte de las decisiones humanas se originan en procesos intuitivos: primero percibimos con nuestros sentidos, después nos emocionamos, luego reaccionamos y por último racionalizamos una justificación para nuestro comportamiento. De forma que, en muchas ocasiones, mientras tú crees que estás tomando una decisión racional, en realidad la decisión ya estaba tomada por tus experiencias y traumas.
En este contexto, nuestra biología tiene además un poderoso incentivo para haber ido refinándose a través de generaciones en torno a la preferencia por los falsos positivos. Como veíamos en el post sobre la estrategia Barbell de Nassim Taleb, una probabilidad pequeña de perderlo todo, por ínfima que sea, en un proceso que se repite suficientes veces, te garantiza la quiebra y la imposibilidad de poder seguir jugando. De forma que la obsesión es y debe ser garantizarte que puedas continuar en el juego, y para ello es preferible que tu cerebro reaccione a una amenaza que no era tal, a quedarse tan tranquilo y que resulte que efectivamente aquello era un riesgo que podía acabar contigo.
De manera que biológicamente estamos programados para tener aversión al riesgo. Pero no a todos los riesgos por igual. También tenemos nuestros sesgos respecto a qué tipo de amenazas nos generan una mayor alerta y rechazo.
Por ejemplo, imagina que estás pasando un veraniego día de playa en New Smyrna Beach, en el estado de Florida, EEUU. Esta paradisiaca y soleada lengua de tierra es reconocida como la capital mundial de las mordidas de tiburón, porque a estos simpáticos animales también les atrae el buen clima. En este caso es altamente probable que tu mayor temor durante todo el día sea revivir las aventuras de Hopper, Quint y el agente Brody en la película de Spielberg, pero sin embargo la probabilidad de que mueras de una insolación en exponencialmente mayor.
Esto se debe al conocido como sesgo de disponibilidad, que nos lleva a reaccionar especialmente ante aquellos riesgos que podemos imaginar o recordar más fácilmente. Y como nuestra memoria también responde a mejor a las emociones que a los datos, recordamos especialmente aquello que es dramático o espeluznante, y no a aquello que en realidad sucede de forma mucho más frecuente pero sin generar tanto escándalo.
Técnicamente el riesgo se representa como una función de la probabilidad de ocurrencia del suceso por el impacto que tendría este en caso de materializarse. Esto hace que tengamos dos posibilidades de error a la hora de estimarlo, siendo ambas igualmente importantes. Si a la probabilidad de ocurrencia le asignas un cero, la multiplicación resultará cero. Y lo mismo sucederá si el cero se lo asignas al impacto. No obstante, tenemos más tendencia a errar a la hora de estimar la probabilidad, quizás porque es menos tangible que imaginar los destrozos del suceso.
Como vemos, confiar en nuestros instintos humanos a la hora de detectar, analizar y gestionar riesgos no parece la mejor decisión. Especialmente si estos se entremezclan con situaciones emocionales que puedan añadir más confusión a nuestro juicio. En este caso parece que lo prudente es delegar parte de esta función a seres inanimados, como algoritmos o instituciones que velen porque no nos metamos en más líos de los que podamos gestionar. O al menos, que si lo hacemos no sea porque nadie nos ha advertido del riesgo que conllevaba.
En España el organismo más conocido por protegernos de los riesgos, al menos en el mundo de la inversión, es la CNMV (Comisión Nacional del Mercado de Valores). Esta institución se encarga de supervisar a los actores que crean, ofrecen, operan y distribuyen productos financieros, para que los productos que podamos encontrar en el mercado cumplan una normativa mínima.
Esto no implica que no sea necesario aplicar un cuidado y diligencia personal cuando vayamos a comprar un producto financiero, porque sigue habiendo “chiringuitos financieros”, productos que se emiten en otros países y que no pasan por el escrutinio de la CNMV, etc… E incluso que dentro de su propia normativa se den circunstancias que se escapen al modelo.
Todos los modelos son erróneos, pero algunos son útiles – George Box.
A partir de 2011, cuando los fondos de inversión empezaron a incluirlo en sus folletos para inversores minoristas, empezó a popularizarse un indicador de riesgo de la CNMV, que consta de 6 niveles, expresados de menor a mayor riesgo. Solemos verlos representados dentro de un cuadrado, como 1/6 para los depósitos, 3/6 si se trata de bonos, 5/6 para las acciones cotizadas en Bolsa, o 6/6 si hablamos de derivados y productos complejos.
Esta clasificación, que sin duda es útil porque nos recuerda, como las fotos de horrendas enfermedades que adornan las cajetillas de tabaco, que hay un peligro acechándonos detrás de ese envoltorio. Y aunque en el caso del tabaco la recomendación sea no fumar, para evitar exponerse al riesgo de enfermar, en el caso de la inversión el riesgo es consustancial a la actividad, por lo que solo queda exponerse de forma consciente.
La clave del indicador es que, como su propio nombre señala, nos indica la dirección en la que hemos de mirar. A la existencia del riesgo y la necesidad de que hagamos una evaluación del mismo. Pero no significa que nuestra probabilidad de tener pérdidas corresponda de forma directa con el número del indicador, dada la forma en la que está construido.
Este indicador se llama técnicamente SRI (Summary Risk Indicator), y se calcula mediante una fórmula que pondera, sobre todo, la volatilidad. Es decir, mide la intensidad de las fluctuaciones del valor, pero no la probabilidad de perderlo todo ante un cambio de contexto económico, problemas de liquidez o incluso la aparición de un fraude. De forma que podríamos tener un producto de baja volatilidad y alto riesgo de colapso, con una nota estupenda en el indicador, lo cual contradice nuestra humana aversión al riesgo de quiebra.
Aunque sobre los riesgos y su percepción humana podrían escribirse libros, algunos de los cuales han recibido el Premio Nobel, hemos llegado a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
Como hemos reiterado hoy, la existencia de una rentabilidad exige la existencia de un riesgo, de forma que no existen inversiones buenas o malas en base a su riesgo, sino inversiones adecuadas o inadecuadas para nuestro perfil o nuestra estrategia.
No todos los inversores se encuentran en el mismo momento vital, tienen las mismas expectativas de lo que su capital debe aportarles o una misma distribución de inversiones dentro de su cartera, en la cual puede tener algunos productos financieros con bajo riesgo para darle consistencia y luego una pequeña parte de productos arriesgados con los que buscar maximizar el retorno. Pero para ello necesita que existan tanto productos de bajo riesgo, como de alto riesgo.
No obstante, evidentemente existen inversiones que son objetivamente malas: aquellas en las que el riesgo percibido, y por tanto el riesgo retribuido, sea inferior al verdadero riesgo que comporta esa operación. ¿Con qué frecuencia crees que las instituciones que crean productos financieros utilizan esta diferencia para presentar productos de bajo riesgo percibido, cuando el riesgo real que soportas es sustancialmente mayor?
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