En los últimos días ha vuelto a tener una presencia mediática relevante un viejo conocido de esta newsletter: Brian Armstrong, el fundador y CEO de Coinbase —uno de los exchange crypto más importantes del mundo—. El principal motivo es que parece más cercana la aprobación de la Clarity Act —la ley que regulará cómo deben comportarse las stablecoins, y especialmente si podrán retribuir la pura posesión a sus tenedores—, pero cuando un referente sale de paseo a las redes y se envalentona suele dejarse ir un poco más allá.
En concreto el lunes 27 de julio nos despachaba un “Hay solo 8 mil millones de humanos en la Tierra. Pronto podría haber 10 veces la cantidad de agentes transaccionales”, sospecho que basado en el antiquísimo método de estimación consistente en humedecer levemente la yema del dedo índice y proceder a elevarlo por encima de la cabeza.
Como sucede con la inmensa mayoría de las declaraciones de un directivo empresarial, debemos poner siempre un filtro a los mensajes, para intentar diferenciar si nos está ilustrando con un valioso y difícilmente accesible conocimiento, al que ha llegado debido a su desempeño profesional, o se trata meramente de una expresión de deseo, o más directamente de promoción encubierta de sus intereses.
Tratándose de una afirmación que realiza sobre un tweet de su propia empresa en la que presumen de tener aproximadamente el 90% de las transacciones realizadas en el protocolo x402 —el que de forma mayoritaria utilizan los agentes IA— creo que no sería arriesgado ponderar mucho la segunda opción. Pero lo que es innegable es que los agentes IA están proliferando en infinidad de dominios, para las más diversas tareas, y la de realizar transacciones económicas resulta un caso de uso tan evidente como cuestiones genera su aplicación.
Por ejemplo, volvamos un momento al protocolo x402 del que orgullosamente se ufanaba Armstrong, pues ha sido su empresa la que ha rescatado un código HTTP que llevaba décadas sin utilizar, el 402 Payment Required, y lo ha convertido en el mecanismo que utilizan los agentes IA para comunicarse en operaciones económicas.
La forma de trabajo es simple: un agente solicita algún recurso por internet —un dato meteorológico, un informe financiero, una valoración inmobiliaria—, el servidor le responde con un mensaje de “pago requerido” en este protocolo, el agente paga ese precio en milisegundos —en stablecoins, que por eso festeja tanto Brian Armstrong—, y el servidor entrega al agente lo que este había requerido. Todo maravillosamente fluido y automático. Pido algo, lo pago y lo obtengo. Sin fricción alguna. Bueno, y sin registro previo, sin identificar para quién está operando el agente, y sin factura.
Y eso asumiendo que los agentes IA que están haciendo las transacciones sean reales, pues aun hay mucho volumen opaco. Justo hace unas semanas, la publicación del paper “When HTTP 402 Meets the Blockchain: Risks on Emerging x402 Payments” supuso un jarro de agua fría para Coinbase —aunque no parece que les haya hecho moderar la euforia comunicativa—. Los investigadores de ciberseguridad encontraron vulnerabilidades sistemáticas en los quince facilitadores de x402 evaluados, que cifraron en 49 violaciones de reglas de seguridad y 31 vulnerabilidades nuevas.
Al eliminar la fricción de la identidad y el registro, han eliminado también los cortafuegos básicos. Los investigadores han demostrado, por ejemplo, cómo un agente atacante puede explotar la milimétrica latencia en la verificación para hacer un “Free Shopping”. Esta técnica fraudulenta consiste en enviar solicitudes concurrentes en milisegundos, después el agente logra reutilizar su propia prueba de pago antes de que el servidor tenga tiempo de registrarla como consumida, y así obtiene múltiples recursos por el precio de uno. O cómo se pueden saturar los servidores de una empresa mediante ataques de Denegación de Servicio —saturación masiva de peticiones— que al atacante le cuestan literalmente pocos dólares en micropagos, y que la empresa, al no poder identificarlos, no sabe a quién bloquear para detenerlos.
Porque el problema de los agentes IA tiene un componente tecnológico, pero también nos plantea cuestiones jurídicas. Como por ejemplo, quién es responsable de la actuación de un agente IA al realizar este una transacción.
Durante la década de los 80, Thomas Peterffy —el fundador de Interactive Brokers, uno de los mayores bróker online del mundo— sentó las bases del trading automatizado. Y aunque fue un proceso salpicado de varios hitos, podemos fijar el momento fundacional en 1987, cuando creó el primer sistema informático capaz de leer datos del mercado, aplicar un algoritmo de fijación de precios y enviar órdenes de compraventa a los terminales del Nasdaq sin que un humano tuviera que intervenir en la operación.
A modo de anécdota, esta innovación generó una simpática historia que ilustra cómo funciona la regulación financiera. Cuando el Nasdaq descubrió la ventaja competitiva que tenía el sistema de Peterffy, prohibió las conexiones digitales directas a sus terminales, exigiendo que todas las órdenes se introdujeran manualmente a través de un teclado.
Como respuesta a esta imposición para reducir su ventaja, Peterffy construyó un robot mecánico con dedos de goma que leía los datos de la pantalla y tecleaba físicamente las órdenes en el terminal. Aquel autómata burló la normativa temporalmente —digamos que la cumplió en su literalidad, pero no en su espíritu— y demostró que la máquina ya era infinitamente superior al humano en la ejecución, lo que supuso la separación de la decisión de inversión de la ejecución de las órdenes.
Porque la automatización financiera tradicional no elimina al decisor humano, pues el algoritmo no decide qué hacer, sino cómo y cuándo ejecutar una decisión previamente definida por una persona. De esta forma, si el sistema compra una acción es porque alguien ha programado exactamente en qué condiciones podía o no podía hacerlo.
Sin embargo, y aquí está precisamente la gran disrupción de las finanzas agénticas, cuando operamos con agentes IA ocurre algo muy distinto. Ya no les damos una secuencia detallada de instrucciones, sino un objetivo a conseguir. Les indicamos: «consigue el mejor precio», «encuentra un proveedor», «negocia una reserva» o «obtén este informe al menor coste posible», y es el propio agente quien decide qué acciones concretas ejecutar para alcanzar ese resultado.
O les pedimos directamente un “maximiza la rentabilidad de mis inversiones”. Y puede que la mejor forma de conseguirlo sea creando una red de blanqueo de dinero. Los criminales de toda la vida llevan décadas usando para ello el “pitufeo” —smurfing, si nos arriesgamos a sonar un poco snob—, que consiste en dividir grandes sumas de dinero de origen ilícito en pequeñas transferencias con apariencia inofensiva, para no hacer saltar las alertas bancarias que vigilan los umbrales legales.
Para un agente IA es muy asequible hacer cincuenta mil micropagos de 0,10 USDC en apenas un minuto, desde miles de wallets temporales, hacia APIs fantasma creadas ad-hoc para lavar dinero, y no habría departamento de compliance en ningún banco del mundo que pueda auditar semejante volumen de operaciones.
Ahí es donde aparece un problema jurídico completamente nuevo. Resulta razonable exigir responsabilidad por las instrucciones que una persona ha dado expresamente a un agente, sea este un bróker de carne y hueso, o un etéreo agente IA. Pero resulta mucho más difícil responsabilizar a esa persona de todas las acciones que nunca contempló, ni prohibió de forma explícita.
Porque un agente suficientemente autónomo puede combinar, y lo hará, miles de acciones posibles. Pretender que su principal deba anticipar y prohibir expresamente cada comportamiento indeseable equivaldría a exigirle que redactase un manual de instrucciones infinito. Podrá exigírsele cierta responsabilidad en la supervisión y la diligencia debida, pero nadie puede hacerse responsable del comportamiento autónomo de un agente. Porque por mucho que un principal intente acotar y definir el comportamiento de un agente, tanto humano como IA, un contrato nunca puede prever todas las situaciones futuras. Siempre existirán decisiones no previstas.
De esta forma pretender que el principal sea responsable de todas las acciones no prohibidas expresamente equivaldría a exigir un contrato completo, algo que los economistas Grossman, Moore y Hart —este último recibió el Nobel de Economía en 2016— demostraron que es imposible, en su teoría de los contratos incompletos. En ese caso, y de forma brillante, resolvieron que en todos los casos que no estuviesen claramente definidos en el contrato, lo que se llaman los derechos residuales de control, la autoridad para decidir sobre todos los aspectos que el contrato no regula será del propietario. Esto alinea de una mejor forma los incentivos de los humanos, pero con la irrupción de la IA es evidente que no lo soluciona.
Aunque sobre este tema tendríamos muchos matices y perspectivas que explorar, y seguro que la actualidad futura nos devolverá a esta orilla, hemos llegado a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
En derecho penal financiero, para condenar a alguien por la comisión de acciones delictivas suele ser necesario probar la intencionalidad (mens rea). Si, por ejemplo, tu agente IA cometiese manipulación de mercado cruzando órdenes ultrarrápidas o financiando servicios ilícitos mediante x402, ¿en quién reside la culpa? ¿Cuál era la intención? ¿Los objetivos marcados y las actividades exceptuadas eran suficientemente claros?
Una de las ventajas de trabajar con agentes IA en lugar de hacerlo con humanos es que quizás por fin nos acerquemos a la resolución del problema del agente y el principal. Con un agente IA, que no tiene volición propia, no puede existir el conflicto de intereses, porque no tiene intereses propios. Pero a la vez esa falta de motivación intrínseca los hace “inimputables” por la comisión de acciones delictivas, mientras que al principal tampoco podemos reprocharle el resultado de una falta de especificación.
Nos quedan largos y apasionantes debates jurídicos por delante, pero mientras estos se resuelven, me hago otras cuestiones. Por ejemplo, qué sentido de inversión tiene hacer operaciones financieras en milisegundos. Qué proyectos son viables con asignaciones de capital que se mueven a esa velocidad, cuando habitualmente el desarrollo y explotación de cualquier proyecto empresarial requiere meses o años. Esa velocidad de movimiento no puede estar buscando una genuina financiación de un ahorrador a un empresario, sino intentando capturar un puro movimiento del mercado. Detectar alguna señal que nos permita anticiparnos a un suceso futuro. Mucho me temo que la velocidad de las finanzas agénticas transformará aún más nuestras finanzas en una sucesión de apuestas.
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