Nos da auténtico pavor la idea de vivir la explosión de una burbuja. Habitualmente lo visualizamos con imágenes en blanco y negro del crack bursátil de 1929, y de la catástrofe económica posterior, incluyendo caravanas de primitivos coches atravesando polvorientas sendas mientras huyen de la sequía y las deudas de la Gran Depresión. Eso para los que hayan leído a Steinbeck, en otro caso probablemente les sonará más la burbuja de los tulipanes de principios del siglo XVII en Holanda, que como no tenemos imágenes la imaginamos de forma mucho más colorida.
Ese temor tan arraigado en nuestro ideario colectivo nos condiciona de tal modo que vemos burbujas en muchas más ocasiones de las que en realidad suceden.
Como ya advertía Paul Samuelson: “Los economistas han predicho nueve de las últimas cinco recesiones”
Y es que sobrerreaccionar a los riesgos es inherente al ser humano. Y tiene sentido que así sea. Cuando teníamos que defendernos de depredadores con la única ventaja de nuestro cerebro este aprendió evolutivamente que era mejor un falso positivo (esa sombra en realidad no era una fiera, pero lo único que has perdido es una carrera y algo de dignidad) que un falso negativo (quien pensó que la sombra era solo una sombra… no tuvo mucha más descendencia después).
Más allá de la natural predisposición humana al sobresalto, también hay que reconocer que no ayuda a mantener la calma mensajes como el que hace pocas semanas nos regalaba Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal de EEUU, diciendo que literalmente que “los precios de las acciones están claramente sobrevalorados”
Ni tampoco que Andrew Bailey, gobernador del Banco de Inglaterra, sugiriese que tras la quiebra de First Brands y Tricolor, dos empresas estadounidenses que han dejado a sus fondos acreedores con un difícil panorama para cobrar sus préstamos, “creo que la gran cuestión es si son casos puntuales o son el canario en la mina” y vea paralelismos con 2008
En nuestro ánimo de establecer unas pautas medianamente objetivas que nos digan si estamos sufriendo o no una burbuja, el economista y ganador del premio Nobel de 2013 Robert Shiller estudió ampliamente el fenómeno y cómo se comportaban los precios de los activos. Su libro más famoso tiene el título perfecto para hablar de burbujas financieras: “Exuberancia irracional”.
No existe en mi opinión una mejor definición para lo que es una burbuja: es el optimismo irracional de los inversores, basado en reacciones emocionales más que analíticas. Es absolutamente fascinante cómo personas extremadamente inteligentes asumen riesgos absurdos, en inversiones indefendibles, basadas en relatos que desprecian las más elementales nociones aritméticas, solo porque no quieren sentir que son el único pardillo que no aprovecha para hacerse rico con el activo de moda.
Lo de que hay que comprar lotería de Navidad de la empresa, no vaya a ser el único al que no le toque. Pero a lo bestia.
Porque esa exuberancia irracional supone una dinámica que se retroalimenta. Como no quieres quedarte fuera del negocio del que presumen que se están forrando gente objetivamente menos inteligente que tú, tú también inviertes. Y eso hace que el alto precio que tú has pagado por ese activo suba aún más. Y eso activará de nuevo la rueda de la codicia y más inversores entrarán en ese mismo activo, lo cual seguirá acelerándose cada vez más… hasta que alguien levante la cabeza y pregunte: “¿qué estamos comprando exactamente?”. Y después de eso se pondrán a vender apresuradamente para intentar recuperar lo máximo que puedan, empezando una espiral en sentido contrario. La burbuja ha explotado.
Según Robert Shiller los tres elementos que nos van a ayudar a identificar si nos encontramos en una burbuja son:
- Una subida rápida y sostenida de los precios de ese activo, que es el síntoma más visible pero quizá el que menos información nos da por sí solo.
- Una narrativa cautivadora que explica por qué está justificado invertir, y en la que es habitual encontrar frases del tipo: “Esta vez es diferente”, “Nunca antes ha habido una oportunidad como esta”, etc…
- Un desacoplamiento entre las valoraciones y los fundamentales, es decir, no se compra por el valor que el activo tiene para nosotros, sino porque tenemos la convicción de poder venderlo a otro en poco tiempo por un precio sustancialmente mayor.
Si nos atenemos a esa definición y analizamos los distintos activos de inversión, podremos ver lo siguiente:
- Bolsa: estamos en máximos históricos, con subidas de todos los índices, aupadas por el relato de una Inteligencia Artificial General a la vuelta de la esquina.
- Deuda pública: con varios de los países más importantes endeudados por encima del 100% del PIB y con déficit fiscales persistentes, que hacen que los yields aumenten como no se ha visto en décadas.
- Vivienda: precios en máximos y subidas anuales muy fuertes, que el mercado asegura que se mantendrán en el tiempo, porque la demografía aumenta y no se construirá más vivienda.
- Oro: Ante la situación de incertidumbre, y al parecer especialmente desde China, los inversores se han puesto a comprar oro haciendo que el tradicional activo refugio haya multiplicado su precio por 2,5x en apenas tres años, convirtiéndose en un activo especulativo más.
- Bitcoin: en máximos históricos, ya que según cuentan sus defensores por fin el mercado se ha dado cuenta de la revolución social y política que representa.
En resumen, estamos viviendo un momento en el que prácticamente cualquier activo podría encajar en la definición de burbuja.
En lo que se refiere al componente de relato, es evidente que estamos viviendo una etapa de tecnooptimismo, e incluso de optimismo a secas, con narrativas en torno a la construcción de nuevos futuros ilusionantes, frente a unas últimas décadas en las que el relato económico era mayoritariamente pesimista y centrado en la escasez de recursos.
Pero por otro lado, el hecho de que todos los activos estén subiendo de forma constante y sostenida muy probablemente tenga que ver con la manifestación de la inflación que comentábamos en posts anteriores. Lo lógico sería que unos activos subiesen y otros bajasen. Que por ejemplo, para que un inversor se posicionase en oro tuviese que vender sus inversiones en Bolsa, de tal forma que subiese lo primero y bajase lo segundo. No de forma quirúrgicamente precisa, pero si observable como tendencias.
Pero lo que vemos es que está entrando dinero en todos los activos de forma fuerte y simultánea. La gran cantidad de dinero que se ha emitido en los últimos 25 años está buscando un acomodo para huir de la inflación, y muy probablemente los inversores consideran que es mejor comprar un activo, incluso aunque sea objetivamente un poco caro, a no comprar nada y que el valor de tu dinero se pierda como lágrimas en la lluvia.
En todo caso, aunque llegásemos a la conclusión de que estamos en una burbuja, la pregunta siguiente es evidente: “¿Y ahora qué?”. Porque se supone que buscamos información para tomar decisiones, y si un dato no nos ayuda a ello, se convierte en una mera curiosidad estadística.
Las burbujas tanto pueden ser indicativo de celebración, como en una copa de champagne, como pueden serlo de un naufragio.
Las burbujas no son ni buenas ni malas, son una situación de mercado, ante las que debemos decidir como vamos a comportarnos.
¿Qué vas a hacer si un activo, o todos a la vez para no dejarte escapatoria fácil, se encontrase en una burbuja? Puedes mantenerte en liquidez y sufrir la inflación, o puedes invertir tu dinero en uno de esos terribles activos que suben de precio mucho y rápido… Espera un momento. ¿Acaso no es ese el sueño de cualquier inversor? ¿Quién no querría que sus inversiones subiesen mucho y muy rápido?
Es evidente que este tema daría para mucho más, pero llegamos a nuestro límite autoimpuesto de consumo de vuestra atención dominical.
En un escenario ideal sería estupendo que uno pudiese elegir si formar parte de los mercados financieros, con sus ganancias y sus pérdidas, o si por el contrario lo único que espera es poner su dinero a salvo. Tenerlo guardado y saber que estará allí cuando vayas a buscarlo. Pero hoy esa alternativa no existe. Estamos obligados a jugar al juego de los mercados financieros, porque todas las reservas de valor se han ido destruyendo o convirtiéndose en activos especulativos.
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