El pasado 22 de febrero, la firma de análisis financiero Citrini Research publicó un informe que se viralizó hasta superar las 20 millones de visualizaciones, y al que se atribuye un impacto en el mercado de más de 200.000 millones USD en pérdidas, especialmente en el sector tecnológico.
Este informe, titulado “THE 2028 GLOBAL INTELLIGENCE CRISIS”, no se trata de un ejercicio de predicción, como así aclaran sus autores al inicio y al final del documento, sino la modelización de un escenario que ha sacudido muchas conciencias. A pesar de que uno considera que hay saturación de análisis y analistas, luego resulta que un informe que tiene más de relato novelado que de cálculo financiero es la chispa que prende la llama del incendio. O quizás solo llega en el momento indicado para proporcionar una excusa a quienes buscaban alguna con la que justificar ventas.
Los mercados son instituciones con emociones humanas.
En todo caso, su impacto ha sido tan significativo en los mercados que merece que nos detengamos un momento a entender qué tiene de especial una publicación capaz de volatilizar en pocos días un valor equivalente a la quinta parte de todo el IBEX 35.
Apartándonos de nuestro habitual tono divulgador, hoy nos toca apoyarnos en la pura opinión. Porque el informe habla del futuro, de un escenario hipotético narrado desde 2028 en el que se repasan los acontecimientos que habrían sucedido en los dos años precedentes, y sobre el futuro no se puede divulgar. Como mucho, y arriesgando bastante, se puede tener opinión.
El informe está enlazado al inicio, para que si tenéis interés y algo de tiempo podáis formaros vuestro propio criterio y aterrizar todos los detalles. Nosotros vamos a centrarnos en la tesis principal: la masiva y rápida adopción de agentes IA genera un fuerte desempleo, sobre todo en trabajos “de cuello blanco” (podríamos traducirlo como empleos de oficina), lo cual genera un grave impacto en el consumo y el pago de las hipotecas.
En opinión de este informe, este shock repentino hace que toda la economía se desacople del sistema que venimos utilizando, que no está en absoluto preparado para un bucle que se va retroalimentando de forma indefinida: cuanto más desempleo menos consumo, cuanto menos consumo más sufren los márgenes de las empresas, cuanto más sufren los márgenes más automatizaciones con IA introducen las empresas buscando recuperar competitividad, y cuanta más IA implementan más despidos ejecutan y más desempleo se genera.
Aunque el informe pinta un escenario duro y grave, con un desempleo del 10,2% (recordemos que habla de USA. En España tenemos ahora mismo un desempleo del 11,4% y estamos celebrando el mejor dato de los últimos 15 años, donde hemos llegado a contabilizar un 26,94% en 2013), hay quien ha extrapolado la tesis a su propia interpretación del futuro y se han generado análisis absolutamente apocalípticos, en las que la IA destruye todos los puestos de trabajo humanos.
No, ni siquiera tendríamos la opción de dedicarnos a un trabajo físico, porque esos los absorberían los robots humanoides, que no dejan de ser IAs con brazos y piernas.
El principal foco del informe de Citrini Research son las empresas de software, citando explícitamente en su narración a ServiceNow o Zendesk. El primero es utilizado para ilustrar una negociación con un cliente que amenaza al fabricante con crear su propia solución interna con IA, lo que finalmente le hace aceptar una reducción de tarifas del 30%. A esto se suma a una reducción del número de licencias, puesto que el cliente está despidiendo empleados y los agentes IA no cuentan como usuario.
En el caso del segundo, directamente el cliente ha creado sus propios sistemas de atención al cliente con agentes IA, lo que impacta sustancialmente en los ingresos recurrentes que tiene el modelo de suscripción del software, y basado en el cual los fondos que sacaron Zendesk de bolsa habían conseguido una financiación que ahora no pueden pagar.
Solamente este apartado da para un post, lo cual probablemente haga más adelante, pero básicamente no estoy de acuerdo con el planteamiento. Asume demasiadas cosas en ese futuro, empezando por que los fabricantes de software no adaptarán sus modelos de pricing, que el coste de producción del software baja si lo haces en interno pero no lo hace si eres el fabricante, o que el coste de una aplicación es fundamentalmente el coste de crear el código, obviando cuestiones como el coste de adopción de un software que no es standard cuando tienes nuevas incorporaciones a tu empresa. Un saludo a quienes intentaron sustituir Microsoft Office por OpenOffice.
Pero el informe no se queda solo en tecnología. También augura el final del marketing como disciplina, ya que serán los agentes IA quienes compren en nuestro nombre, y a su objetividad no les afectarán los mensajes promocionales o la fidelidad de marca. O el final de los medios de pago, citando como ejemplo a Mastercard o American Express, dado que los agentes IA liquidarán los pagos de aquello que compren sin necesidad de tarjetas, puesto que utilizarán stablecoins de liquidación instantánea. E incluso también augura el final de las apps de delivery de comida, como DoorDash, puesto que los agentes IA podrán diseñar rutas, agrupar compras, y buscar la mejor opción directamente a los restaurantes, pues el agente IA no tendrá la pereza de conformarse con las opciones que la app muestre en la primera pantalla.
Ironiza incluso que, cuando los empleados de oficina se quedaron sin empleo, algunos intentaron encontrar trabajo de repartidor de comida a domicilio, pero ni siquiera pudieron conseguirlo porque la IA también disrumpió esa actividad.
Creo que ya podéis haceros una idea general del tono y enfoque del informe, con el que particularmente discrepo en muchas perspectivas. La primera es asumir que los humanos no nos vamos a adaptar al nuevo escenario, cuando es una de las características principales de nuestra especie. Que nos vamos a quedar de brazos cruzados mientras nuestro mundo se desmonta y no se nos ocurrirá una solución para cada problema.
La siguiente es que asume una capacidad prácticamente plenipotenciaria a la IA. Y es cierto que la velocidad de evolución está siendo tremenda, pero eso no implica que las tendencias se mantengan, ni que esa rapidez vaya a ser constante. Hemos vivido ya varios “inviernos de la IA”, épocas en las que esta tecnología choca con un muro que le impide avanzar durante años.
También obvia la paradoja de Jevons, que dice que cuando una tecnología eficienta el uso de un recurso, por lo que necesitamos menos cantidad de este, en realidad su consumo no se reduce, sino que aumenta por que su bajo coste ahora hace posible afrontar espacios donde antes ni nos lo planteábamos. La informática hizo más productivos a los contables, pero en lugar de despedir a la mayoría de los que ya había, contratamos aún más, para seguir aumentando el control sobre nuestras finanzas.
Pero sobre todo el informe rezuma el olvido de que somos humanos, no robots. Asume el informe que nuestras decisiones van a ser racionales, que hay siempre una forma óptima de hacer las cosas, y que vamos a preferir siempre la opción más conveniente. Como si no fuésemos especialistas de ir contra nuestros intereses por pulsiones e instintos. Algunos incluso somos del Atleti.
Olvida también que los humanos preferimos la artesanía, estar con nuestra gente, o que nos sonrían cuando entramos en un establecimiento, aunque toda la información puedas verla en una pantalla. Incluso seguimos teniendo campeonatos de ajedrez para humanos, cuando hace años que el mejor de ellos sería aplastado por un ordenador.
Este abrazo a nuestra imperfecta y subjetiva humanidad es mucho más evidente para un latino que para un luterano, y no es desdeñable que estemos leyendo siempre informes anglosajones o de esa cultura internacional que se ha estandarizado en las multinacionales.
Aunque este tema va a dar muchísimo que hablar en los próximos años, y nosotros volveremos pronto sobre él, hemos llegado a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
En 1995, el economista Jeremy Rifkin publicó su famoso ensayo “El fin del trabajo” en el que teorizaba como las nuevas tecnologías nos empujaban a la reducción de la jornada laboral y la necesidad de un nuevo contrato social. Decir que no solo no ha sucedido, sino que estamos más desbordados de tareas que nunca, en todas las esferas de nuestra vida, podría parecer ventajista, ya que solo han transcurrido treinta años desde su predicción (Aunque Citrini Research estima que con la IA podría suceder en apenas dos años).
Pero es que a finales de 1930, el célebre economista John Maynard Keynes, publicó «Economic Possibilities for our Grandchildren«, en un momento social de zozobra y falta de perspectivas desatadas con el crack bursátil de 1929. Hace casi un siglo, Keynes reflexionaba sobre el “desempleo tecnológico” que generaba el aumento de la productividad, y como en las siguientes décadas las jornadas laborales se reducirían hasta casi su extinción, lo que conllevaría que los humanos tuviésemos que crear un nuevo marco de valores más allá de la acumulación de capital. Todo está en los clásicos.
Pero supongamos que esta vez sí que es diferente. Imaginemos que la IA destruye el último santuario humano, el de la inteligencia, el que nos hemos repetido a nosotros mismos que nos diferencia del resto de los seres de la Tierra. Imaginemos que se producen despidos verdaderamente masivos. Esto es algo que podría suceder en un sector, cuyos empleados tendrían que reinventarse y recolocarse, como ya hemos visto en el pasado. Con el tractor, con el cajero automático, con el comercio electrónico. Pero no podría suceder en todos los sectores de forma simultánea. Porque en ese caso desaparecería la demanda de bienes, y daría igual la enorme productividad de la IA: estaría produciendo muchos bienes para gente de la que no necesita nada, lo que llevaría a esas industrias irremediablemente a la quiebra.
Y como último apunte sobre la inviabilidad del escenario modelado en el informe: para sustituir todos los trabajadores de oficina del mundo por IA se necesitaría más capacidad de cómputo y energía de la que existe, e incluso de la que razonablemente podemos desplegar. No es económicamente viable. La mejor forma de viajar de Londres a Nueva York era el Concorde, pero que algo funcione en el laboratorio, o incluso en pilotos, no implica que sea viable a escala masiva.
Nuestro principal problema fue entender que el trabajo es realizar una serie de actividades, y que si estas desaparecen nuestro valor también lo hace. Nunca se trató de tareas aisladas a cambio de un salario, aunque de forma reduccionista lo simplifiquemos para no estar filosofando en el tren, en el coche o entre videoconferencias. El trabajo es lo que un humano necesita de otro. Y mientras haya una persona que necesite algo de otra, el trabajo existirá.
Esta semana leía un comentario que decía: “A mí que me paguen por jugar a videojuegos”. Como si fuese una plegaria por un imposible. Ya le pagamos a gente por escucharla cantar. Incluso a Bad Bunny.
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