El pasado 10 de febrero el Parlamento Europeo celebró una votación en la que se solicitaba el apoyo político al desarrollo del euro digital. En una enmienda que considera que esta nueva moneda es esencial para reforzar la soberanía monetaria de la Unión Europea, y que debería diseñarse tanto en forma online como offline, el apoyo del Parlamento fue considerablemente amplio, con 438 votos a favor, 158 en contra y 44 abstenciones.
Es decir, que si de la opinión política depende, tendremos euro digital. Así que parece buena idea profundizar un poco en qué significa y qué impacto puede tener en nuestras vidas. Al menos en lo que sabemos hasta ahora, porque ni siquiera está del todo claro como funcionarían elementos claves de su diseño.
El euro digital forma parte de lo que se conoce como CBDC (Central Bank Digital Currency). Es decir, dinero de curso legal, emitido por el banco central, pero operado como innovación sobre una tecnología DLT (Distributed Ledger Technology), como blockchain. O de forma más precisa con un híbrido de tecnologías distribuidas y centralizadas, que le pegan conceptualmente mucho más a un banco central.
Pero antes de entrar en cuestiones de diseño técnico, resultaría razonable que nos cuestionásemos los motivos para desarrollar esta nueva moneda, porque, en contraste con el entusiasmo político que ha respaldado la iniciativa, no parece que haya un clamor ciudadano reclamando tener una divisa digital.
Aunque ya vimos en su día que el dinero tiene tres funciones: unidad de cuenta, reserva de valor y medio de pago, el más tangible y de uso diario de los ciudadanos es este último. Y los europeos no parece que tengamos demasiados problemas a la hora de realizar nuestros pagos. Ya sea mediante una transferencia bancaria, que desde 2025 pueden hacerse de forma instantánea y en muchos casos sin coste, mediante una tarjeta de crédito, o utilizando un sistema ligado a nuestro número de móvil como Bizum.
Los ciudadanos ya podemos mover nuestros euros para hacer todo tipo de pagos, con rapidez y de forma digital, por lo que no resulta obvio qué nos aportaría esta nueva moneda. Si estuviésemos en un país con menor penetración de los servicios financieros, con dificultades para realizar remesas internacionales o acceso a adquirir otras divisas, sería más que razonable aprovechar las ventajas de una stablecoin. Pero no es el caso común en España para un ciudadano de a pie.
El único problema que tenemos con el dinero es tener poco.
Pero tampoco es que los políticos y defensores del euro digital hayan pretendido disimular las razones por las que promueven este proyecto: se trata de no perder soberanía monetaria con el surgimiento de las stablecoins, y de paso recuperar algún control sobre los pagos, ya que ahora USA no parece un aliado tan fiable como acostumbraba y el 75% de los pagos de los europeos pasan por las manos de Visa o Mastercard.
En resumen, geopolítica monetaria. Que puede tener algún impacto positivo en la vida de los ciudadanos. O no, que diría mi gallego suegro. Porque el diseño que se ha planteado podría ayudar con estas parcelas, algo sobre lo que personalmente soy escéptico, pero lo que es seguro es que tendrá nuevos costes y servidumbres.
En primer lugar, es totalmente cierto que la aparición de las monedas digitales supone una amenaza para el control monetario en manos de los bancos centrales. Pero esto lo sabe el BCE desde que en octubre de 2012 publicó un informe diciendo exactamente eso. Esto sucedía de forma simultánea a que se creasen las primeras stablecoins experimentales, y dos años antes de que Tether, la mayor empresa de stablecoins del mundo, lanzase la primigenia Realcoin, que después se transformaría en USDT.
Ahora el BCE se lleva las manos a la cabeza porque la emisión de dinero digital está en manos de empresas privadas, fundamentalmente extranjeras, y estas han decidido que la divisa que van a representar es el dólar USA. Y como el uso de stablecoins no responde a una limitación de territorios y fronteras, solo a una conexión a internet, pues los europeos pueden decidir utilizar otra moneda diferente con gran facilidad. Y lo están haciendo.
Lamentarse ahora de no haber promovido, o al menos no haber dificultado, iniciativas privadas que explorasen tecnologías de medios de pagos o que hubiesen innovado con stablecoins, resulta inútil para este caso concreto, aunque podrían avisarnos para situaciones futuras. Internet nos convirtió en un espacio global, que los Estados han estado intentando controlar con accesos a las empresas de telecomunicaciones, pero eran meros espejismos y retrasar lo inevitable.
Dicho esto, el diseño del euro digital plantea algunas cuestiones, no menores. Por ejemplo, deberá tener una versión online y otra offline, esta última para garantizar su disponibilidad cuando no haya conexión a internet y mantener la privacidad de las pequeñas transacciones. Según lo que sabemos del diseño, aún sin confirmar de forma definitiva por el BCE, los pagos offline se realizarían desde el dispositivo del comprador al del vendedor, a través de NFC o Bluetooth, y cuando se recuperase la conexión se sincronizarían con los monederos virtuales.
La cuestión aquí es que las transacciones digitales dejan siempre traza, y los usuarios de los euros digitales habrán pasado el KYC (Know Your Customer) de su banco comercial, pues estas entidades serán al final las encargadas de gestionarlos, y siempre será posible reconstruir quién ha hecho qué. El BCE se ha comprometido a que diseñarán los sistemas para que no se pueda consultar y mantener la privacidad. Que cada cual valore hasta que punto confía en esa promesa.
También en el apartado de promesas se ha comprometido a que el euro digital no tendrá una fecha de caducidad programada, ni podrán “apagártelo” en caso de que hagas un uso indebido de los mismos. Esto es especialmente llamativo cuando hoy en día ya pueden embargarse saldos de cuentas bancarias y congelarse fondos por múltiples motivos, como financiación del terrorismo. ¿Tendrán los euros digitales más soberanía ciudadana que los actuales euros anotados en cuenta? A mí me cuesta creerlo.
Volviendo a los bancos comerciales, el BCE parece haber decidido que serán estos quienes asuman el coste del desarrollo, así como proporcionar una App que sirva de monedero a cada ciudadano. Según estimaciones del Eurosistema, el coste de este proyecto se calcula en un importe entre 4.000 y 5.800 millones de euros, y el BCE planea permitir que los bancos recuperen esta inversión mediante comisiones que cobren a los usuarios del euro digital. Es decir, que lo pagaremos los ciudadanos, en diferido.
Pero es que a los bancos no solamente les estarían encasquetando el coste del proyecto, sino que la existencia del euro digital les supone otras amenazas incluso mayores. Lo primero es crear una relación más directa entre el banco central y los ciudadanos. Hoy, acceder y operar dinero del banco central requiere pasar por un banco comercial, lo cual permite a las entidades financieras cargar comisiones por diversos conceptos, y obtener datos de comportamientos de pago que lo bancos utilizan para venderte otros productos.
Pero además, si el ciudadano puede tener una cuenta / monedero del banco central, que sería equivalente a tener dinero en efectivo pero sin la incomodidad física, podrían verse tentados a sacar su dinero del banco comercial y llevarlo allí. Esto supondría un grave impacto para los bancos, que perderían su fuente de financiación más barata, como son los saldos en cuenta corriente y los depósitos.
Este escenario complicaría que los bancos pudiesen mantener sus volúmenes de crédito, lo cual tampoco es del agrado del BCE, así que se les ha ocurrido una solución genial: limitar la tenencia de euros digitales. Aún no hay cifras definitivas, pero se rumorea en Frankfurt que estaremos limitados a poseer 3.000€ en el modelo online, y 500€ en el modelo offline.
Creamos el euro digital para recuperar la soberanía monetaria y luego limitamos su uso para que los bancos no sufran el impacto. Y así todo.
Otros de los actores financieros que miran con preocupación a la nueva competencia que supondría el euro digital son los escasos gestores de pagos con los que contamos, como Bizum. Este modelo, de origen español, que facilita los pagos vinculando la cuenta bancaria con el móvil del usuario, se ha popularizado tanto que ya ha dado el salto a otros países europeos, como Italia y Portugal. Y además están trabajando en la creación de una red interopearable paneuropea juntos a otros medios de pago, que podría suponer un ecosistema de 13 países y 130 millones de personas.
Sí, uno de los principales argumentos para impulsar el euro digital es reducir la dependencia de los gestores de pagos extranjeros, y la primera consecuencia es amenazar la existencia de lo poco que tenemos.
Tanto es así que Piero Cipollone, miembro del Comité Ejecutivo del BCE, ha tenido que afirmar que piensan proteger a las instituciones privadas mediante un diseño de tarifas máximas: «El límite máximo de la comisión que pagarán los comerciantes en la red del euro digital será inferior al que cobra la red de pagos internacionales, normalmente más cara, pero superior al que cobra el sistema de pagos nacionales, normalmente más barato”.
En un entorno de competencia internacional y globalmente digital no parece que esta medida vaya a proteger demasiado de competidores extranjeros.
Aunque como imaginaréis este tema tiene muchas perspectivas más desde la que se podría observar, hemos llegado a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
El euro digital es un proyecto que nace tarde, puesto que los primeros pilotos se realizarán en 2027 y en 2029 se espera su implantación completa. Un plazo suficiente para que las stablecoins en divisa extranjera hayan instaurado su uso en el mercado y se hayan adueñado de la experiencia de cliente.
Pero es aún peor es que resulta racionalmente cuestionable que lo que se sabe de este diseño vaya a conseguir sus objetivos declarados, y que de alguna forma acabe reforzando la soberanía monetaria y defendiendo la creación de gestores de pagos que compitan con los líderes mundiales.
Con el segundo advenimiento de Donald Trump a la presidencia USA, su administración decidió paralizar el desarrollo de un dólar digital a cargo de la Reserva Federal, mientras apostaron por regular las stablecoins con la Genius Act aprobada en julio de 2025. Estas stablecoins emparejadas con el dólar USA son las que amenazan la soberanía del BCE, por lo que parece que este modelo tendría efectividad para el principal fin declarado en Frankfurt, sin necesidad de tener que crear una CBDC propia.
Donde sí se ha establecido un potente programa de CBDC ha sido en China, que ya tiene en funcionamiento su yuan digital (e-CNY), e incluso ha realizado pilotos que compiten con los depósitos de la banca pagando yield solo por poseerlo. Que precisamente sea China, conocida por su obsesión por el control de la población, quien haya apostado por crear su divisa digital nos da una idea de los motivos por los que el Parlamento Europeo puede estar siendo tan entusiasta con el euro digital.
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