De forma cada vez más frecuente nos recuerdan, con una mezcla de nostalgia y reivindicación, cómo en la década de 1970 un hogar promedio podía sostener sus gastos con un único salario. Un solo empleo permitía pagar la hipoteca, criar un par de hijos e incluso disfrutar de algunos caprichos, mientras aseguraba un patrimonio con el que complementar la jubilación y dejar una modesta herencia. Cuando hablamos de la clase media, esta imagen es la que nos viene a la cabeza.
Sin embargo, actualmente podemos observar cómo en muchas familias trabajan los dos miembros de la pareja, y apenas pueden permitirse pagar una vivienda en alquiler, con el temor constante a que una nueva subida de la renta les ponga a buscar otra residencia peor y más lejana, mientras se plantean si en algún momento tendrán la estabilidad, económica y emocional, para tener descendencia.
El contraste es tan llamativo que es imposible no preguntarse qué ha sucedido. Cómo es posible que lo que ayer era más que suficiente, ahora apenas alcance para cubrir unos mínimos bienes.
El asunto es que asumimos que el estado lógico y natural es el de los años 70, y que lo que estamos viviendo actualmente representa algún tipo de fallo en el sistema. Pero, dado que una persona trabaja aproximadamente 40 años durante una vida total de unos 83 años. Y de los años que está en su plenitud laboral trabaja aproximadamente 225 días de los 365 con que cuenta un año, ¿es razonable pensar que un solo salario pueda sostenerlo a él, a su pareja, a un par de niños, y a la parte correspondiente de jubilados y funcionarios que le toca? ¿De qué niveles de productividad estaríamos hablando para que esto fuese sostenible a largo plazo?
Cuando alguien disfruta de muchos más bienes de los que explica su productividad, alguien está pagando parte de sus facturas. Puede que sea el Estado, puede ser un benefactor más o menos familiar, o puede que sea alguien a quien están obligando a hacerlo. En cualquiera de los casos debería ser una obligación moral hacerse la pregunta, pero lo que es imprescindible es plantearse el nivel de sostenibilidad del sistema, no vaya a cansarse de hacerlo quien está pagando.
Como en todo problema complejo, las respuesta son siempre multifactoriales, de forma que iremos lanzando nuestra mirada en varias perspectivas, de manera que podamos construir la visión poliédrica que requiere una problemática de esta dimensión.
En primer lugar, resaltaría que para que en los años 70 pudiésemos acceder a muchos bienes, estos deberían resultarnos más baratos que actualmente. Es decir, que su coste de producción debería ser más reducido. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los años 70, USA y Europa ostentaron prácticamente un monopolio de fabricación industrial, de forma que el resto de países entregaban sus materias primas, ya de por si de bajo valor añadido, a costes reducidos a cambio de acceder a estos bienes manufacturados. La ventaja de la productividad no venía de ningún ingenio especial, sino del resultado del reparto de poder de la guerra, y de un gran diferencial en el estado del desarrollo de una parte relevante de la población respecto a lo que llamamos “Occidente”.
Pero como todos los modelos desequilibrados, por una suerte de ósmosis, acaban tendiendo a reducir las diferencias. Por un lado los países subdesarrollados empezaron a incrementar sus capacidades, y por otro lado los trabajadores en los países desarrollados empezaron a reclamar mayores salarios —¿y quién podría juzgarlos?—. De esta forma, para mantener los márgenes empresariales —porque a todos nos gusta mantener nuestro poder adquisitivo— directivos como Jack Welch, legendario presidente de General Electric, apoyado en la ideología de la Escuela de Chicago, cuyo máximo exponente era Milton Friedman, decidieron mudar la producción a países donde la mano de obra resultaba tan económica que merecía la pena el transporte de larga distancia.
A finales de los 70, la llegada al poder en China de Deng Xiaoping, el gran reformista que abre el país al mundo, primero con zonas especiales y luego de forma mucho más abierta, coincide con una etapa especialmente intensa de deslocalización de la producción estadounidense, a la que como suele suceder fueron imitando el resto de las escuelas de management empresarial. De repente podíamos tener más bienes y más baratos, multiplicando de forma artificial el valor de nuestro dinero. En este caso no por un cuasi-monopolio industrial, que elevaba los márgenes, sino por el acceso a bienes más económicos, que permitía mantener el diferencial entre ingresos y gastos.
Pero conforme fueron pasando las décadas, especialmente a partir del año 2000, China fue creciendo desde el 1% de las exportaciones globales en 1978 a representar un tercio del comercio global en 2025. China ha dejado de ser una fábrica de bienes baratos para convertirse en la segunda potencia económica mundial, y sus ciudadanos también quieren gozar de aquello que construyeron manufacturando para otros.
Otra de las perspectivas que necesitamos observar es la conocida como “dividendo de la paz”. Desde el fin de la Guerra Fría empezamos a disfrutar de un largo período de ausencia de conflictos bélicos, lo que ha ido reduciendo paulatinamente los presupuestos dedicados al ejército y su armamento, lo que libera recursos que poder destinar a incrementar el bienestar. Todo el esfuerzo que dedicas en fabricar mejores electrodomésticos es percibido por la sociedad, mientras que aquel que dejas de invertir en fabricar morteros rara vez se manifestará. Sin embargo, desde el atentado de las Torres Gemelas en 2001, el gasto militar ha ido incrementándose, al son de nuevos conflictos que hoy vemos sublimados con la Guerra de Ucrania o la Guerra de Irán, lo que ha vuelto a animar a los países occidentales a incrementar sustancialmente sus presupuestos de defensa.
Añadamos una perspectiva más: desde los años 70 la cuota de renta que retribuye el trabajo ha decrecido paulatinamente, mientras que las rentas del capital han crecido de forma inversa. Más allá de un análisis ideológico, de si esto es bueno o malo para la sociedad en su conjunto, lo que es innegable es que reduce la cantidad de dinero disponible para poder seguir accediendo a bienes por parte de las familias, especialmente aquellas que no tienen acceso a sus propias rentas del capital.
Hemos visto hasta ahora diversas perspectivas del problema enfocadas en la depreciación del poder adquisitivo, pero es que paradójicamente en la demanda de bienes lo que observamos es un aumento. En las últimas décadas se ha enfatizado el consumismo, como una respuesta a una situación de desesperanza social generalizada. Tras la crisis financiera de 2008, y en paralelo a la popularización de las redes sociales, movimientos como el Tea Party en USA comprendieron que la movilización electoral ya no dependía tanto de convencer al votante moderado como de activar emocionalmente a una base ideológica muy comprometida. Y nada genera una reacción más predecible que el miedo.
El problema es que una sociedad constantemente asustada —ya sea por el comunismo, el fascismo, el desastre climático o a la responsabilidad sobre el propio futuro— acaba agotada emocionalmente, y asumiendo que no merece la pena sacrificarse por un futuro horrible y ante el que fue convencida de que no tiene poder para cambiar. En ese caso, la respuesta racional es centrarse en uno mismo, maximizar aquello que se pueda experimentar, y no asumir más incertidumbre de la que ya nos han anunciado. La deriva del cortoplacismo al consumismo es una pendiente resbaladiza que necesita un empujón realmente pequeño.
Una consecuencia de segundo grado de este consumismo de evasión, de falta de costumbre en el sacrificio por una causa mayor a uno mismo —como puede ser la crianza de un hijo, o la implicación en una causa empresarial, social o religiosa—, es la manifiesta incapacidad para la renuncia. Porque cuando buscamos nuestra felicidad en los bienes materiales, lo más difícil es saber exactamente en cuál de ellos se esconde.
Una de las grandes diferencias entre el momento actual y la añorada década de los 70 con que arrancábamos, es la enorme cantidad y variedad de bienes disponibles. A modo de ejemplo, mientras que en el siglo pasado un niño tenía que elegir si quería como regalo un balón o una bicicleta, hoy día, los escasos niños disponibles, reciben todos los regalos imaginables, en un solo evento celebratorio. Y no es algo que afecte únicamente a los menores, pues cuando por convención social nos toca hacer un regalo nos supone mucho más esfuerzo identificar qué puede hacer ilusión —no digamos necesitar— que el propio coste de adquirirlo.
Esa presión social por acceder a una gran variedad de bienes y servicios, a la vez que se reduce la renta disponible para acceder a ellos, genera en los productores la necesidad de fabricar productos de exigua calidad. Que apenas aguanten los pocos usos que saben que el cliente va a darle, porque no hay tiempo ni atención para más. Esta degradación paulatina de todos los bienes que nos rodean, que maravillosamente acuñó Cory Doctorow como enshitification —enmierdamiento sería una traducción quizá poco precisa—, refuerza la sensación de desesperanza, de decadencia y falta de ilusión por el futuro.
Aunque este tema podría dar para mucho más, incluyendo como el Estado del Bienestar generó una capa de abstracción entre las personas que las incentiva a centrarse en su propia relación con el Estado en lugar de con sus vecinos, hemos llegado a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
Durante la visita del papa León XIV a España hemos podido observar cómo la sociedad —incluso la no católica, entre los que me encuentro— ha reaccionado sonoramente a estímulos como un discurso en el Parlamento, que siendo profundamente discutible por su contenido político —para eso está la política, para debatirla—, en lugar de caer en las habituales broncas y reproches, apelaba de forma serena al amor y la dignidad humana. E incluso hemos celebrado la majestuosa inauguración de la Torre de Jesús, la más alta de la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona, recordándonos que, a pesar de todo, seguimos construyendo catedrales. Estructuras que disfrutarán otros cuando nosotros ya no transitemos por estos lares.
Aunque el problema de que ya no podamos sostener a una familia completa con un solo salario —algo que probablemente no era razonable, ni como hemos experimentado, sostenible— tiene un componente de productividad, de reparto de cuota de renta del trabajo y del capital, también lo tiene de estructura de la demanda.
Necesitamos recuperar la ilusión por un futuro por el que merezca la pena sacrificar nuestro consumo presente. Puede ser por la convicción de crear una familia, puede ser por la conquista del espacio o por la creencia en una vida después de la muerte, cualquier causa que consideremos mayor que nosotros mismos.
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