Aprovechando que el pasado lunes asistí a la primera edición del evento MadBitcoin Summit, y que me volví a sumerger en la comunidad, historia y postulados de Bitcoin, me ha parecido un buen momento para abordar una cuestión que me plantean de forma recurrente. También en el propio evento. Y es que cuando comento que me dedico a la tokenización (sí, en los ratos en los que no estoy escribiendo esta newsletter es mi ocupación principal) es usual que mi interlocutor asuma que soy un entusiasta bitcoiner. Y no me definiría yo de esta forma exactamente. Me encanta como innovación, como provocación, pero me resisto a considerarlo el bálsamo de Fierabrás que se percibe en algunos discursos maximalistas.
Habitualmente, cuando expreso mis dudas, reticencias o críticas sobre Bitcoin ante alguien que está convencido de sus bondades, suelo ser disculpado, casi condescendientemente, con un “eso es que todavía no lo has entendido”. Y no lo discuto. Creo haber comprendido completamente muy pocas disciplinas en la vida, si es que puede llegar a afirmarse tal nivel de entendimiento. Pero siempre intento asegurarme de poseer el suficiente conocimiento para ser funcional en ese espacio, o al menos para ser consciente de que aún no lo domino bastante y debo evitar operar con ello para no hacerme daño.
La única cita que he escrito en una pared, y la puse en la recepción para verla cada día al entrar, es esta de Warren Buffett: “El riesgo viene de no saber lo que estás haciendo”
Por ello agradezco enormemente que, también en este evento, Alvaro D. María, un famosísimo divulgador sobre Bitcoin tuviese el detalle de firmarme su libro “La filosofía de Bitcoin”, el cual recomiendo encarecidamente para entender el fenómeno. Se lee fácil, está dividido en capítulos breves y directos, y en algunas cosas hasta estoy de acuerdo. En todo caso, es un buen documento para conocer la visión entusiasta de Bitcoin, a la que como siempre también recomiendo contraponer un análisis crítico.
La primera cuestión que me surge cuando me preguntan por Bitcoin, es de cual de sus perspectivas estamos hablando. Porque Bitcoin es una realidad compleja, y como hemos comentado reiteradamente en esta newsletter, eso implica ser varias cosas simultáneamente. E incluso que cuando observas una de sus dimensiones el resto pasen a un segundo plano, como sucede con el famoso gato de Schrödinger. De esta forma podemos observar a Bitcoin como un activo especulativo, como una moneda o como una reserva de valor.
Aunque Bitcoin se crea originalmente como un sistema de pagos persona a persona, cuya innovación es que no requiere terceros de confianza que acrediten esa transacción, el caso de uso por el que ha terminado siendo más conocido es el de especulación, debido a los enormes y amplios movimientos de su cotización. Y sin embargo sus defensores, aquellos que lo observan como una forma de eludir el yugo del Estado, lo consideran fundamentalmente una reserva de valor.
Si nos atenemos a sus orígenes, el paper publicado bajo el seudónimo Satoshi Nakamoto, Bitcoin es una solución brillante a un problema clásico: eliminar la necesidad de terceros de confianza en la transacción entre dos personas. La suma de mecanismos criptográficos, la descentralización de la validación en nodos, la auditabilidad por cualquier actor, los incentivos a los mineros que se encargan de validar las transacciones… es simplemente una maravilla. La resolución de un problema humano recurriendo a la ingeniería. Es una solución de laboratorio fascinante de observar.
Ahora bien, Bitcoin como sistema de pagos no está dimensionado para atender la demanda global. Bitcoin procesa unas siete transacciones por segundo, mientras solamente Visa gestiona miles de transacciones por segundo. Bitcoin no puede atender de ninguna forma tal cantidad de operaciones, de forma que cuando su éxito lo vuelve popular se empiezan a crear estructuras alternativas, como otras capas donde se puedan realizar más transacciones que luego se validan en la blockchain de Bitcoin, o directamente otros proyectos con mucha más capacidad y otras funcionalidades, como Ethereum.
Si Bitcoin fuese un proyecto empresarial al uso podría plantearse una actualización profunda de su diseño y pasar a tener más capacidad. Pero su naturaleza implica inmutabilidad, de forma que si algún aspecto considerado fundamental en su diseño cambiase perdería la confianza de sus usuarios, que es su gran valor. De hecho, ya ha habido intentos de crear versiones alternativas, como Bitcoin Cash que aumenta el tamaño de los bloques para poder procesar más transacciones, pero que no ha contado con la popularidad del Bitcoin original.
Y es que el gran valor de Bitcoin reside en su popularidad, en su adopción, y en el que muchos actores económicos lo hayan reconocido como un standard. Porque Bitcoin no vale nada. Bitcoin es un activo que no tiene valor intrínseco. Su valor depende de que mañana haya alguien dispuesto a aceptarlo a cambio de entregarte sus bienes. Bitcoin es un ejercicio de fe. Es completamente fiduciario, su valor depende de la confianza colectiva, como el sistema monetario controlado por los gobiernos que sus defensores dicen combatir.
De hecho, el dinero fiat requiere de un poco menos de fe, porque si tiene una utilidad: es la moneda en que el Estado te exige que pagues tus impuestos. Pero el uso de Bitcoin no lo exige nadie, ni genera ningún tipo de dividendos o pago de cupones, ni puedes utilizarlo como insumo de alguna industria, ni puedes alquilarlo para que alguien lo habite… Que son las características tradicionales de los activos de inversión.
Algo que siempre me ha resultado curioso es que existen profesionales que se dedican a realizar un análisis fundamental de Bitcoin, y dado que este no cuenta con una previsión de flujo de caja, ni con ninguna otra utilidad intrínseca o previsible, las métricas que analizan son fundamentalmente de su adopción. Es decir, de estimar la fe que el mercado tiene sobre ese activo. Por este motivo siempre me ha resultado complicado distinguir si quien defiende apasionadamente las bondades de Bitcoin lo hace desde el puro convencimiento o si necesita que la fe en Bitcoin crezca para que el valor de su inversión aumente.
Por estos motivos yo tampoco considero óptimo Bitcoin como reserva de valor. Como hemos visto en post anteriores la volatilidad de un activo es mayor cuando su valoración depende de juicios subjetivos. La volatilidad de un bono del tesoro es menor que la de las acciones de una empresa cotizada. En caso del bono la valoración se determina con unas cifras muy concretas, el cupón que paga el bono y el importe del mismo, y solo queda expuesta a criterio subjetivo la tendencia de los tipos de interés y la solvencia del deudor.
Sin embargo en la valoración de las acciones de una empresa los dividendos son menos predecibles y objetivos: el impacto de la innovación propia y ajena, de acuerdos comerciales, del rendimiento del personal… generan una amplitud mucho mayor en las valoraciones en las que se mueve la cotización, y también hay muchas mas noticias que pueden alterar las expectativas de retorno, lo cual modifica rápidamente el arco de valoración.
Pues ahora imagina la volatilidad de un activo como Bitcoin, sin ningún subyacente, ninguna flujo de caja establecido ni esperado, ni ninguna institución que obligue su uso. La volatilidad es la mayor de todas, porque depende exclusivamente de lo que el inversor cree que harán el resto de los inversores en el futuro.
La volatilidad no es mala propiamente dicha. Como nos enseñó magistralmente Peter Lynch a finales de los ochenta, la volatilidad es lo que genera las mayores oportunidades de ganar dinero… y de perderlo. Por eso defiendo que un refugio de valor no puede tener alta volatilidad, como le sucede a Bitcoin. Porque, aun en el caso de que estés convencido de que su valor aumentará a largo plazo, puede que necesites disponer de tu dinero a corto plazo. Los mercados financieros tienen base matemática, pero tus necesidades tienen base biológica.
Otro motivo por el que considero que un activo sin valor intrínseco no reúne las características para ser considerado como un refugio de valor es que está mucho más expuesto a la aparición de un suceso adverso que afecte su cotización. Si inviertes en un activo altamente volátil, con una mentalidad especulativa, podrás ganar o perder, pero entrarás y saldrás a corto plazo.
Sin embargo un refugio de valor, por su propia definición, es un activo en el que tienes pensado permanecer largo tiempo. Y cuanto mayor sea ese periodo de tiempo, mayor será la probabilidad de que aparezca un imprevisto que ataque su valoración. En el caso de Bitcoin podría suceder un cambio de preferencias en el mercado, la aparición de nuevas criptomonedas más convenientes o apreciadas, que la computación cuántica rompa la criptografía en la que se basa… son eventos que no son previsibles en el corto plazo, y que por tanto nos permitirían buscar especulación o emociones exponiéndonos a Bitcoin, pero que a largo plazo podrían minar su valor.
Aunque este tema podría dar para muchísimo más, y seguro que volveremos a comentar sobre Bitcoin, hemos llegado a nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
A pesar de todas sus imperfecciones, Bitcoin me parece una obra maestra de la ingeniería, tecnológica y social. Es un mensaje directo a los Estados, a los que su mera existencia les recuerda que ya no tienen el monopolio de la emisión de moneda. Que cualquiera con acceso a internet puede transferir valor a cualquier lugar del mundo, independientemente de su jurisdicción. Que cualquier persona puede autocustodiar sus Bitcoin, que puede llevarlos consigo a cualquier lugar recordando doce palabras, y que son muy difícilmente confiscables.
Bitcoin es incompleto e ineficiente para sustituir al mercado financiero actual, pues no dispone ni de toda la complejidad de productos, ni tampoco la experiencia de usuario que nos proporcionan las entidades financieras, pero marca el límite de cuánto puede el Estado tensionar a la ciudadanía con su soberanía monetaria, porque ahora siempre nos queda una salida.
Y es por todo ello que, a pesar de que no tenga un valor intrínseco, desde una perspectiva financiera, creo que su existencia tiene una tremenda utilidad para la sociedad. Gracias por tanto Satoshi.
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