Tal como prometíamos la semana pasada, continuamos con el análisis del informe de Citrini Research sobre el impacto de la IA en la economía global y el empleo, ahora poniendo el foco en otra de sus tesis principales: la desaparición de la industria del software.
Justo el día después de la publicación del informe, en plena viralización del apocalíptico panorama que dibuja, Anthropic presentó las nuevas capacidades de su IA para el desarrollo de software, Claude Code. Además, como herramienta de marketing, presentó su Code Modernization Playbook, en el que afirman que Claude Code puede analizar de forma autónoma millones de líneas de código legacy (aplicaciones corporativas antiguas en funcionamiento) y refactorizarlas en aplicaciones más modernas y eficientes.
Específicamente Anthropic hablaba de modernizar aplicaciones COBOL, un lenguaje de programación creado en 1959 sobre el que aún descansan muchas operaciones críticas de industrias como la financiera, las aerolíneas, el comercio retail, las telecomunicaciones o la Administración Pública. Son las aplicaciones que aún se ejecutan en gigantescos mainframe, los ordenadores centralizados que hicieron famosa a IBM a partir de mediados de los años 60 del siglo pasado.
Obviamente, si no se ha producido la modernización de esas aplicaciones es porque reescribirlas no es un reto técnico trivial. Por un lado escasean los profesionales conocedores de este lenguaje, y por otro el impacto de un error podría tener una magnitud enorme para la empresa.
Pero ahora Claude Code promete hacerse cargo de la tarea. De entender las funcionalidades del código actual y generar de forma autónoma una nueva aplicación. La cotización de IBM, que sigue siendo el principal beneficiario de unos clientes que no pueden dejar de utilizar esa tecnología, se desplomó un 13% en una sola jornada. Solo ese día la capitalización bajó más de 30.000 millones USD, y supuso la mayor caída para IBM desde el año 2000. Gran año para las tecnológicas, para quienes lo recuerden.
La cuestión es que esta repentina epifanía sobre las capacidades la IA para generar software corporativo no se detuvo en las aplicaciones COBOL. De hecho, si podía lidiar con aplicaciones corporativas legacy se supone que también podría generar otros muchos softwares. Ya no sería necesario comprar un ERP o un CRM, cuyo coste puede suponer millones de euros anuales para una gran empresa, o unas decenas de miles para una Pyme. Simplemente tendríamos que pedirle a la IA que nos genere una aplicación, y de forma autónoma nos entregaría un software listo para utilizar.
La industria del software, cuyo modelo de consumo más popular es el Software as a Service (software que se factura por suscripción), empezaba su particular SaaSpocalypse. La caída en bolsa de empresas como Salesforce, el creador del concepto SaaS, o ServiceNow, fue superior al 30%. El fondo IGV, que es representativo de la industria del software había tocado máximos en 117,79 USD y se desplomaba hasta los 76,94 USD. Hablamos de empresas que son rentables, que siguen aumentando sus ingresos año a año… pero, ¿cuánto pagarías por una empresa que va a desaparecer?
De hecho, esta visión no era novedosa. En diciembre de 2024, el podcast BG Squared entrevistó a Satya Nadella, presidente de Microsoft, y el titular fue un contundente: “SaaS is dead” (en realidad dijo que el SaaS iba a colapsar, pero el mensaje que caló fue el más apocalíptico. Como es habitual). Nadella resumía que si una aplicación corporativa es una base de datos y una lógica de negocio que los gobierna, en cuanto los agentes IA se ocupasen de la lógica de negocio dejaría de tener sentido crear aplicaciones corporativas.
Pero puede superarse. En noviembre de 2025 Elon Musk visitó el podcast de Joe Rogan para someterse a una de sus famosas entrevistas, donde fue muy reseñada su predicción de que en un plazo de cuatro o cinco años directamente no tendríamos aplicaciones. Simplemente la IA construirá lo que necesitemos, y no tendremos ni siquiera sistemas operativos o aplicaciones a través de las que pedirlo. De esta forma no es que desaparezca la industria del software, es que desaparece el propio software.
Con este panorama, nadie se podría extrañar de que el pánico se extendiese de forma viral. ¿Quién podría atreverse a contradecir a auténticas leyendas? ¿Quién se atrevería a desafiar los argumentos de quienes están apostando miles de millones a que la industria del software va a desaparecer? Pues cualquiera de nosotros debería hacerlo, porque si aceptásemos los argumentos solo por quien los publica estaríamos cayendo en una evidente falacia de autoridad.
Al igual que la semana pasada, en esta publicación dejaré a un lado el tono divulgador y manifestaré abiertamente una opinión. Ya sabéis, sobre el futuro no se divulga, como mucho se puede tener opinión.
Veamos la información más apocalíptica, la de que ni siquiera existirán las aplicaciones. Realmente es una predicción futurista, pero que parece tener sentido. Si le pido a una IA que me genere una aplicación, por ejemplo, para poder abrir un archivo de un formato de texto poco común, en realidad podría directamente pedirle que abra ese archivo y me dé acceso a su contenido. De hecho, si el agente IA tuviese que construir un software para poder cumplir con mi petición, podría hacerlo sobre la marcha, ejecutarlo, entregarme el contenido del archivo y después descartar el software sin guardarlo en ningún lugar.
En esta línea están quienes argumentan que el futuro de nuestra relación con la información será conversacional. No necesitaremos pedirle a un ordenador lo que queremos mediante un teclado o mediante clicks, sino que simplemente lo pediremos a la IA en lenguaje natural. El 21 de mayo de 2025, OpenAI anunció que la incorporación de Jony Ive, legendario jefe de diseño en Apple y principal responsable del diseño del iPhone, para crear un dispositivo físico, sin pantallas, con el que relacionarnos con la IA. Se especuló con que fuese un medallón.
Sin embargo, esto no es viable para gestionar información compleja. Los humanos necesitamos visualizar la información, porque en base a ello realizamos relaciones entre elementos. Detectamos los patrones porque vemos esa información junta. En caso contrario tendríamos que retener los datos que verbalmente nos diese la IA en la memoria de trabajo de nuestro cerebro, y operar con ellos ahí. Biológicamente es inviable gestionar sin visualización, sin gráficos, sin listados y correlaciones.
Pero además, los datos visualizados pueden aportar información muy diferente de lo que expresan como una fórmula. El mejor ejemplo es el Cuarteto de Anscombe, publicado en 1973 por el estadístico Francis John Anscombe en el que con cuatro conjuntos de datos, de idénticas características estadísticas, se representan cuatro gráficos completamente diferentes. Visualizar no es opcional, y podemos asumir que habrá pantallas y aplicaciones que nos visualizarán los datos.
Veamos ahora la siguiente predicción, la de que cualquiera podrá crear su software y por lo tanto ya no tendrán sentido las compañías que se dedican a fabricar software, porque generar tu propio software será más barato que pagar la suscripción.
Lo primero es que estamos dando por hecho que la IA es gratis. Imaginemos que le pides a la IA que te genere una aplicación, e imaginemos que puede llegar a entregártela. Después de eso te llegaría una factura de la empresa de IA por el consumo de tokens que ha requerido. OpenAI ha estimado que alcanzará una facturación de 30.000 millones de USD en 2026 y Anthropic unos 20.000 millones. No parece que tengan intención de que usar la IA sea gratis.
Hoy no podemos calcular qué coste tendría que la IA generase de forma autónoma tu software empresarial, pero sabemos que tendrá un coste. Pero hay algo que sí sabemos con certeza: sea cual sea el coste de crear software con IA, será siempre mayor que hacer una copia de un software ya existente. Y ese es precisamente el modelo de negocio de las empresas de software. Por eso se dice que el software “escala”. Porque construyes el software una sola vez y luego le das acceso a utilizarlo a una cantidad infinita de clientes, con un coste marginal que tiende a cero.
Pero vamos a suponer para nuestro ejemplo que la IA fuese gratis. Vamos a suponer también que todos nosotros somos capaces de conceptualizar nuestro problema y verbalizarlo para que la IA genere una solución para nosotros, completamente gratis. Hoy ya tenemos aplicaciones que son completamente gratis. Software open source, que solo tienes que descargar, y que podrías incluso continuar desarrollando para personalizarlo. Y aun así las empresas siguen pagando millones anualmente suscripciones a fabricantes de software.
El coste de un software no se circunscribe al precio que pagas por usarlo, sino que hay muchas cosas más alrededor. Por ejemplo, si creas tu propio software personalizado, cuando contrates personal tendrá una curva de aprendizaje infinitamente superior a la que tendría si en tu empresa usas las mismas herramientas estándar que el resto del mercado.
Pero incluso por encima de esto, hay un argumento aún más importante. Todo el escenario en el que le pides una aplicación a la IA y está la genera automáticamente se basa en una premisa errónea: que existe una única solución correcta a un problema. En realidad sabemos que existen n soluciones posibles a un mismo problema, que cada una de ellas pone más foco en una parte y menos en otra, que unas soluciones implican unas renuncias diferentes a otras, y que cada uno de nosotros preferimos una aproximación diferente para ese problema. Por eso no existe hoy un solo CRM, sino que puedes elegir entre el enfoque de Salesforce o el de Hubspot. Incluso hay quien utiliza Mailchimp como CRM, porque su filosofía encaja con su proceso.
Eso es lo que hace una empresa de software: toma decisiones de diseño. En base a su visión del proceso que quiere resolver, decide crear un comportamiento estandarizado en el equilibrio entre ser muy específico en esa implementación y lo suficientemente genérico para que le sirva a la mayor cantidad posible de clientes dentro de su segmento.
Aunque este tema podría dar para muchísimo más, y sin duda lo hará durante los próximos años, hace ya un par de párrafos que hemos superado nuestro autoimpuesto límite de consumo de vuestra atención dominical.
La IA ha irrumpido plenamente en nuestras vidas y, como tecnología maravillosa que es, nos está aportando ya mucho valor que no podríamos alcanzar de otra forma. Pero eso no implica que vayan a sustituir a las empresas de software, porque su valor nunca estuvo en la construcción de las aplicaciones, sino en la distribución. Que se lo digan a Novell y su legendaria lucha con Microsoft.
Hay quien argumenta que, al reducirse sustancialmente el coste de construcción del software, a los actuales fabricantes les aparecerán nuevos competidores, que les harán bajar los precios. Como si los fabricantes actuales no fuesen a beneficiarse, incluso en mayor medida, de esa reducción de costes de construcción.
Lo que es probable que suceda es que la morfología de las empresas de software cambie. Que tengan que adaptarse para poner el foco donde siempre ha estado su valor diferencial: en la toma de decisiones de diseño, en la creación de redes de distribución, en la recopilación de datos del contexto del cliente para que la IA pueda hacer mejor su trabajo.
Es probable que veamos menos fundadores puramente técnicos y más con habilidades de diseño, con una base sólida de formación en humanidades. Porque la IA hará más necesario que nunca conocer al humano, al ajeno y al propio. En un mundo en que producir es muy barato estaremos abrumados entre opciones, y el valor estará en el criterio, en la selección y en hacerlo con buen gusto.
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